Opinión: El derecho a detener la inmigración
Inmigración

El derecho a detener la inmigración
Iskander
 
 
Es habitual escuchar a las mentes bienpensantes que la inmigración es un enriquecimiento para nuestra sociedad. Hablan de la libre circulación de personas, un mundo sin fronteras, libre circulación de capitales, tierra plana.


En realidad, lo que esconden bajo la sutileza del lenguaje es mucho mas cruel: déjame que traiga trabajadores de donde yo quiera o pueda llevarme trabajo a donde me apetezca por que así no tengo que respetar las leyes laborales del país donde vendo mis productos, por que así puedo poner de rodillas a todos los trabajadores y rebajar sus pretensiones, por que así le traspaso al resto de la sociedad los costes de traer a gente que la sociedad no necesita pero yo si. 
 
¡Ya está bien! Vivimos en un mundo donde cada hombre no está solo, depende de sus conciudadanos para cada acto de su vida. Que la luz eléctrica funcione, que no me mate en una carretera, que me llegue el agua a casa, que tenga donde sentarme a comer, que mis hijos puedan pasear seguros por la calle; todos son actos donde la interdependencia de los hombres se pone de manifiesto. Pues bien, los bienpensantes nos quieren negar el derecho a decidir con quien queremos convivir. A mi­ nadie me pregunta si quiero vivir en un “pequeño Marruecos” o un “pequeño Ecuador” o una “pequeña Colombia”. Creo que como español tengo derecho a elegir con los míos lo que quiero que sea España.
 
Mi elección es muy sencilla: quiero convivir con mi gente, quiero que en mi país encuentren trabajo mis compatriotas, quiero que los impuestos que pago sirvan para que los mas desfavorecidos de mis compatriotas puedan pagar la guardería, quiero que los hospitales y escuelas publicas sirvan para atender a otros españoles y no a cualquiera que pase por allí, porque nadie me ha preguntado si mis impuestos han de servir para otra cosa. Así­, reivindico el derecho a detener la inmigración. No quiero que me quiten más dinero -horas de duro trabajo- para gastarlo en gentes que no conozco y que no son miembros de mi comunidad.
 
Los bienpensantes han descubierto una nueva forma de violar mis derechos. Lo llaman libertad de circulación de personas. Yo lo llamo otra cosa: ya que no pueden cambiar las leyes, cambian a la población, ya que no pueden eliminar a los pueblos que defienden sus derechos conquistados tras generaciones de esfuerzo, hacen todo lo posible por exprimirlos, por ponerles dificultades para que paguen sus casas y los colegios de sus hijos, pero al mismo tiempo paguen por las guarderías, los colegios y las casas de otros que no son los suyos. Así en un par de generaciones tendrán los esclavos que quieran sin haber cambiado las leyes. Habrán cambiado a la población, que ha resultado ser mucho mas sencillo. Y todo por mor de la codicia y la falta de solidaridad de nuestra nación.
 
Reivindico el derecho a detener la inmigración, a invertir las energí­as de mi sociedad en fomentar la ayuda a las familias propias y no a la importación de familias ajenas, a desarrollar nuestra identidad con orgullo y con respeto a otras identidades. Reivindico mi derecho a que mi paí­s siga siendo aquello por lo que lucharon mis abuelos, sacrificando su felicidad presente para asegurar el éxito de las generaciones futuras, de su progenie, de sus descendientes. Reivindico mi derecho a que mi país sea un lugar seguro, donde un guiño de ojos sea suficiente para entendernos, donde las leyes reflejen lo que somos y lo que queremos ser, no lo que son o lo que quieren ser otros que forjaron sus creencias a miles de kilómetros de nuestra tierra.
 

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