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CARABANCHEL, Reyertas,droga, bandas,

ocho de cada diez detenidos son extranjeros

Carabanchel es el segundo distrito más poblado de la capital, por detrás de su vecino de Latina. De sus aproximados 260.000 habitantes, entre el 25% y el 30% son de origen extranjero, siempre hablando de personas en situación legal en España. Según las estadísticas policiales, alrededor del 80 por ciento de las detenciones practicadas en el distrito son de personas de origen extranjero.

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Reyertas, traficantes y bandas latinas, la cara oscura de la Noche de Reyes en Carabanchel
 
Detenciones por menudeo, ataques a ciudadanos y a agentes del orden, e identificaciones a grupos de extranjeros sospechosos, radiografía de la delincuencia.


Hablar de la alta incidencia de la población extranjera en la tasa de delitos no es políticamente correcto, pero, en algunos casos y con las cifras en las manos, el debate no es baladí. Carabanchel es el segundo distrito más poblado de la capital, por detrás de su vecino de Latina. De sus aproximados 260.000 habitantes, entre el 25% y el 30% son de origen extranjero, siempre hablando de personas en situación legal en España.

Según las estadísticas policiales, alrededor del 80 por ciento de las detenciones practicadas en el distrito son de personas de origen extranjero. Una cantidad muy alta; sobre todo, si la comparamos con el porcentaje de población de este tipo con que cuenta el barrio.

Dentro de los delitos en general, el más denunciado en Carabanchel es el de robo con fuerza en el interior de los vehículos. Entre las faltas, las reyertas se llevan la palma. El hecho delictivo que más alarma despierta entre la población es el robo con violencia e intimidación, y las principales detenciones que se practican están relacionadas con extranjería y malos tratos.

De hecho, resulta muy preocupante el altísimo nivel de casos de violencia doméstica, que en un 90% corresponden a inmigrantes, sobre todo, latinos.

En cuanto al perfil de los delincuentes nacionales, la mayoría de ellos son toxicómanos, y las zonas más conflictivas del distrito corresponden a los barrios del Alto de San Isidro y el del Pan Bendito.

El saldo de la víspera del Día de Reyes arroja, entre la problemática más relevante, nueve detenciones en total: dos, por delitos de extranjería; una, por incumplimiento de sentencia (orden de alejamiento); dos, por malos tratos; uno, por hurto; dos, por atentado a agente de la autoridad, y uno contra la salud pública (tráfico de drogas).

Entre los «palos» del día están cuatro robos con violencia e intimidación; uno con fuerza en domicilio; otro de hurto; dos de daños en el patrimonio; cinco robos de vehículos; siete robos en vehículos; 13 faltas por hurto, y cinco, por daños.

En el día a día, Carabanchel cuenta con 222 agentes, 37 de ellos en prácticas.

Reyertas, traficantes y bandas latinas, la cara oscura de la Noche de Reyes en Carabanchel

Tiene la cara cubierta de sangre. También las manos. Y un fuerte golpe en la cabeza. Tras de sí deja un reguero malva, espeso, tan pegajoso como el odio que pueden llegar a escupir las noches destiladas. Probablemente, no es la primera vez que le parten la cara, aunque quizá nunca le hayan rajado las manos con el afilado cristal de una botella de cerveza. Pero para casi todo hay una primera vez en la vida. Más aún si te juegas el pellejo por dos duros en la trastienda de la ley. Así lo comprobó de primera mano ABC la pasada Noche de Reyes.

Aquí, en Carabanchel, el barrio que durante años estuvo prohibido prohibir, «la delincuencia, como la energía, se transforma, pero nunca desaparece». Lo dicen los oficiales J. L. A. G. y R. A. S., dos de los mejores referentes de una Policía, la del distrito, que está casi de vuelta de todo. Por ello, cuando llegan a la puerta de la franquicia de comida rápida que hace esquina junto al Metro de Abrantes, poco les sorprende el sangriento panorama. La Noche de Reyes le ha traído a uno de los vecinos de la zona una paliza a manos de un grupo de suramericanos, como él mismo asegura. «Han llegado, le han zurrado, le han clavado un cuchillo y han salido corriendo, sin robarle nada», dice uno de los testigos accidentales. Pero, dentro de la brutalidad de los hechos, no parece que las cosas estén tan claras. El cuchillo era una litrona rota y los agresores pudieran tener alguna cuenta pendiente con la víctima.

Conforme llega la medianoche, las dos zonas de copas principales del distrito se van nutriendo de parroquianos. La normalidad es la tónica aparente. En otro punto, en una noctámbula cafetería se dan cita San Jorge y el Dragón, que se regatean miradas. Es el rincón neutral, donde nadie pregunta a nadie adónde va ni de dónde viene. No ocurre lo mismo en un conocido bar de copas, del que, una vez más, salen 8 gramos de cocaína camino de la comisaría. Y, con ellos, uno de los detenidos de la jornada, que se conoce el camino al calabozo mejor que el precio de la droga que vende a pequeña escala. El «menudeo» es uno de los problemas que persiste en el barrio, aunque nada tiene que ver con la venta masiva que se produce en otras zonas de la capital, como Vallecas, donde Las Barranquillas y la Cañada Real concentran buena parte del tráfico de estupefacientes en Madrid. Muy diferente, dicen los oficiales de Policía, era la situación cuando existía el penal que hizo tristemente famoso a Carabanchel por toda la «piel de toro» en los años 80, cuando el «caballo» galopaba sin descanso sobre la vida de muchísimos jóvenes.

Territorio «latin king»

Ahora, las preocupaciones son otras. La violencia de menor edad viste pantalones anchos, gorras bombeadas, y lleva colgados todo tipo de rosarios y collares. La más numerosa de las bandas latinas que se han asentado en la capital, la de los «latin kings», plantó su bandera hace un par de años en el distrito.

Precisamente allí se han producido dos de las cuatro muertes violentas que estos grupos de pandilleros se han echado a los hombros en poco más de un año. La primera de todas tuvo como escenario la plaza de Cantoria, el 14 de noviembre de 2004. El ecuatoriano de 20 años Jesús Rafael Amaya Arias caía muerto en el mismo lugar donde, justo un año después, durante la celebración de un rito-homenaje de los «latins», la Policía diera un golpe de efecto importante a la desarticulación de este tipo de bandas de delincuencia callejera. La otra vida fue segada en la misma plaza de Fernández Ladreda -también conocida como Elíptica-, un enclave compartido entre los distritos de Usera y Carabanchel. Wilson Fernández Ríos no volvió la madrugada del 16 de septiembre de 2005 a su casa. Varios jóvenes, también «latins», se encargarían de impedírselo de la única manera que saben hacerlo: a golpe de machete. El crimen, afortunadamente, ya está resuelto.

El acoso policial está llevando a estos chavales a cambiar su indumentaria, para no resultar tan evidente su pertenencia a estos grupúsculos. Es así como se ve aparecer por una de las calles del barrio a cuatro adolescentes ecuatorianos, a quienes se les da el alto a efectos de identificación. Al menos dos de ellos son viejos conocidos de los agentes. Pertenecen, según indica la Policía, a los «latin kings».

Durante el cacheo reglamentario aparece de todo: vaselina para los labios, caramelos, teléfonos móviles, llaves, una botella de vino -escondida en el bolsillo de uno de los dos pantalones que el chaval lleva puestos- y, cómo no, una afilada navaja para cortar material de oficina, que les es requisado. ¿Por qué llevas eso encima? «Es que vengo del «curro», y lo necesito para trabajar». ¿Alguno de vosotros pertenece a una banda latina? «No, no... No hay tiempo para eso: estudiamos, trabajamos...». ¿Qué opináis de ese tipo de chicos? «Son chavales que se quieren joder la vida», responden los chicos, que reconocen que la Policía les ha parado decenas de veces, aunque a ninguno les consta antecedentes. «Para nosotros es una rutina que nos pidan la identificación».

«¡Hazme sangre, así te denuncio!»

El alcohol, esa droga que todos toman, puede hacer (y lo consigue) perder la percepción de la realidad. Así es cómo un ciudadano ecuatoriano, acompañado de un amigo boliviano que va midiendo las esquinas, terminará la noche en el calabozo. Ha salido a la calle, «después de beber cuatro litronas», a comprar más bebida aún. Son las dos de la madrugada, y el hombre no quiere obedecer a los agentes del Orden. Se dirige a ellos en un tono chulesco, hasta el punto de responder, cuando le preguntan si está en situación legal en nuestro país: «¿Tú te crees que si no tuviera papeles te iba a estar hablando como lo estoy haciendo?».

Pero el sujeto va a más, y se niega a separar las piernas y mantener las manos en alto, apoyadas en la pared. Se enfrenta a dos agentes. Conoce bien sus derechos, pero no sus obligaciones: «¡Pégame! ¡Hazme sangre, hazme sangre, y así te puedo demandar!», grita, poseído por un odio irracional. Al final, tiene que ser reducido por los agentes y, con las manos en los grilletes, conducido a la comisaría.

Los Reyes Magos le han regalado un delito por atentado a agente de la autoridad. Al oficial, heridas en una mano.


 

 

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