Opinión: ¿Qué está ocurriendo en Japón?
Economía
Seis primeros ministros en cuatro años… ¿Qué está ocurriendo en Japón?
Ana Peris
 
Imagina un país con inmigración y delincuencia cero. Imagina unos servicios de sanidad, educación y ocio intachables. Imagina que además fuera la segunda potencia económica del planeta. No es un argumento cine. Se trata de Japón… y está en peligro.  La renuncia de Hatoyama, primer ministro japonés, sume en una nueva crisis política al archipiélago que ha tenido seis presidentes durante los últimos cuatro años.


El milagro industrial japonés
 
La geografía de Japón hace más sorprendente su desarrollo. Al ser una isla no dispone de las materias primas necesarias para alimentar su industria. Por ello debe importar todo lo que transforma. Su escasez de recursos es tal que ni siquiera la producción agrícola es suficiente para cubrir más que una pequeña parte de su propio abastecimiento alimenticio.
 
Aun así es la segunda potencia económica del mundo. El milagro japonés se basa en una industria extremadamente productiva, que genera bienes de alto valor añadido con pocas exigencias energéticas. Tanto la producción como los productos industriales, son los de más bajo consumo que la tecnología permite. Casi toda la energía eléctrica que consume la produce por medio de recursos importados. La principal fuente de energía es el petróleo pero lo refina todo. A la producción termonuclear llegó tarde, probablemente por obvios motivos psicológicos, pero hoy en día sus centrales nucleares son de las más seguras y su principal fuente de producción de energía eléctrica. No exporta energía, así el tercer productor de electricidad del planeta consume todo lo que produce.
 
A pesar de la rotunda presencia de Japón en el mercado globalizado no es un país liberal. Su economía está fuertemente intervenida. Regularmente el gobierno lanza planes económicos que las empresas se comprometen a cumplir. Esta política sirvió para animar su espectacular desarrollo económico en las décadas de 1960 y 1970.
 
A día de hoy dispone de la segunda flota mercante, sólo por detrás de la de Estados Unidos. Es la primera potencia pesquera. Ocupa también el segundo puesto en materia de exportaciones. Registra más patentes nuevas todos los años que todos los países europeos juntos y sus 128 millones de habitantes producen mucho más que los 2.500 millones de chinos e indios.
 
 
Inmigración cero para sostener la segunda economía del planeta
 
El archipiélago es la prueba incontestable de que no hay necesidad de soportar la inmigración como un mal necesario para gozar de una economía privilegiada. Su modelo de “inmigración controlada” prohíbe la contratación de mano de obra ilegal y permite solamente la entrada a trabajadores altamente cualificados y extranjeros de origen japonés considerados culturalmente compatibles.
 
Nadie puede “ir a Japón y buscar allí un trabajo de lo que sea”. Simplificando podríamos señalar que sin una carrera universitaria y 10 años de experiencia no se puede conseguir un visado laboral. Los títulos académicos tienen que estar relacionados con el trabajo a realizar. No se puede entrar en Japón con un permiso como ingeniero aeronáutico y trabajar después de cajero en un supermercado. De esta forma los nipones aseguran el aporte que realizan al país los inmigrantes y además en caso de necesidad, la población autóctona siempre puede acceder a los trabajos de la escala más básica.
 
Las últimas cifras disponibles sitúan el censo de inmigrantes de Japón, en torno a un escaso 1,6 por ciento. A esto hay que añadir que la mitad de las personas que el gobierno califica como inmigrantes, son descendientes de chinos y coreanos que nacieron y están asentados en el país. La ley recoge sin ningún rubor la distinción entre tipos distintos de inmigrantes con diferentes limitaciones de sus derechos. La sociedad nipona se rige por el “jus sanguinis”.  Alguien con antepasados japoneses, tiene el camino más fácil para conseguir la nacionalidad. La naturalización de un occidental es prácticamente imposible. Con estas medidas han logrado una envidiable homogeneidad, donde un 98,6% de la población es de origen japonés.
 
El control sobre el colectivo inmigrante es férreo. Cualquier extranjero que lleve más de 3 meses debe tener una tarjeta de identificación de inmigrante. Cuando se cambia de domicilio debe ir al “kuyakusho” o ayuntamiento de  barrio, para notificar el cambio que queda escrito en la parte posterior de la tarjeta. Hay dos semanas para hacer este trámite. Si no se notifica del cambio en 14 días la multa ascenderá a 200.000 yen (unos 1.800 euros), que llevará aparejada la pérdida del permiso de residencia si se demora hasta los tres meses.
 
En la frontera  los turistas o residentes extranjeros son requeridos para escanear y registrar sus huellas dactilares con el objetivo de comprobar su identidad y detectar a aquellas personas cuya visita las autoridades no consideran recomendable. A pesar de la escasa presencia de inmigrantes, la solida homogeneidad de la sociedad japonesa hace que se no sea inusual que las minorías residentes extranjeras, generen conflictos con la población autóctona.
 
Solo los propietarios de las grandes empresas, estrechamente vinculados a la política y la corrupción, integrados en el “Keidanren” (Federación Empresarial de Japón), se atreven a demandar la entrada de más mano de obra extranjera. Los dos grandes partidos, a pesar de que dependen estrechamente del empresariado, son plenamente conscientes de la oposición casi unánime de la población a la apertura del mercado de trabajo a extranjeros. Por ello ninguno incluye la medida en sus programas.
 
Incluso, para paliar su actual recesión y aumento de paro hasta un 5,7%, han optado por reducir aún más las tasas de inmigrantes. La Ley Nikkei permite al gobierno ofrecer 3.000 dólares a cada inmigrante ilegal latinoamericano de descendencia japonesa y 2.000 a cada miembro de su familia para regresar a su país de origen, con el compromiso de no regresar nunca a Japón.
 
 
Desmontando mitos, la calidad de vida de Japón
 
Hemos escuchado muchas veces el argumento de que los japoneses viven para el trabajo, que carecen de tiempo de ocio y calidad de vida. Así sería explicable que una sociedad de pretendidos autómatas alcanzara tales cuotas de madurez económica, a costa de la calidad de vida de sus individuos. Nada más lejos de la realidad.
 
La prestigiosa revista Monocle Magazine realizó recientemente una clasificación de las mejores ciudades del mundo para vivir. La investigación valoró 11 factores, como el nivel de delincuencia, el de formación y educación, los servicios sanitarios, la tolerancia social o la facilidad para encontrar ocio. Tokio, fue seleccionada como la cuarta ciudad del mundo más satisfactoria para vivir.
 
En el país del sol naciente la delincuencia común es mínima. Su sistema de educación convierte a su población en una de las de mayor nivel cultural. El número de lectores de periódicos es el más alto del mundo. La preocupación por la naturaleza es tal, que el 67% de su suelo está cubierto de bosques protegidos.
 
 
Entender la sociedad japonesa
 
Aunque resulte una perogrullada, el verdadero motor del milagro nipón son los japoneses y por extensión la homogeneidad y continuidad de su población y cultura. Sus rasgos colectivos más destacados son la cohesión, la solidaridad y la mínima búsqueda de independencia social, que contrasta con la ansiedad que ésta provoca en la sociedad occidental.
 
Es una sociedad marcadamente vertical, que favorece todo tipo de estructuras jerárquicas como la prioridad de la edad o generación. Términos tan usuales como sensei o senpai hacen referencia a una veteranía o a un haber nacido antes. Este orden sin embargo es compaginado desde hace siglos con la búsqueda de un máximo consenso y de una extremada “armonía jerarquizada”. Para los japoneses la democracia es más que una forma de gobierno, un modo de relacionarse los individuos a través de la consulta continua. Por algo hay quien les califica como el 'país por excelencia de las reuniones”.
 
La familia es aún la forma básica de organización social. En el pasado cada individuo entendía su lugar en esta vida en primer término como miembro de su inmediata familia, que era parte de un linaje que el hijo mayor debía siempre encabezar. La casa en un sentido amplio o “ie”, era un grupo altamente interdependiente en el que todos sus miembros comparten los recursos, la identidad y la responsabilidad por la empresa moral o económica en la que toda “la casa” se hallaba involucrada. La formal autocracia era equilibrada por una democracia informal a través de la decisión tomada por discusión y consenso.
 
Estos valores han pervivido en la sociedad japonesa y aún hoy tienen un espacio importante en su cotiedaneidad. El sentido del “on”, que es la obligación contraída al recibir un favor. La conciencia del deber  se denomina “gimu” y un sentimiento de rectitud y justicia o “giri” impulsa a la adecuada reciprocidad de favores. La virtud esencial y tradicionalmente considerada es la autenticidad o “makoto” considerada como entrega plena al propio deber, rectitud, desinterés y autodisciplina.
 
Aquellos pilares añejos como la familia, el paternalismo bien entendido y lealtad, se convirtieron antaño en rasgos dominantes de una sociedad en la que el emperador era considerado el padre de toda la nación. De alguna forma esta perspectiva se han instalado dentro de la empresa, en la relación de empresario y empleado. Ha pervivido en un modelo familiar basado en la conjunción de objetivos, que resulta determinantemente superior frente al presente modelo occidental, basado en la mera suma de individualidades sostenidas en el mejor de los casos por el amor cuando no por la conveniencia, pero que adolecen de un fin común. De forma general la estabilidad de la familia es muy alta, si consideramos comparativamente el número de divorcios que hay en Japón y en los países europeos. Ha subsistido también en la escuela, donde se fomenta entre los niños la cooperación, la disciplina de grupo y la mutua empatía.
 
 
Los empresarios dominan la política
 
Sin embargo, aunque siguen siendo la segunda potencia económica del mundo, el milagro japonés sufrió en la década de 1980 un frenazo en su desarrollo y entró en crisis en la década de 1990, año en que además estalló su burbuja financiera e inmobiliaria.
 
Otro grave problema es el de la natalidad.  Japón alcanzó su máximo de población en 2006, con 128 millones de habitantes, desde entonces se producen más fallecimientos que nacimientos. De seguir así las cosas en el año 2050, el archipiélago apenas estará poblado por 95 millones de personas. Por cada 100 empleados habrá 73,8 pensionistas.
 
Esta situación ha propiciado en los últimos años la excusa para iniciar los primeros asaltos neoliberales al archipiélago. El antiguo primer ministro Junichiro Koizumi, del  Partido Democrata Liberal (PDL), intentó avanzar en la privatización y la desregulación. Llevó adelante medidas como la disminución de aranceles a las importaciones agrícolas que dañaron considerablemente los caros cultivos japoneses.
 
El PDL había detentado el poder ininterrumpidamente desde 1955 hasta 2009. Año en que sufrió un rotundo castigo por un electorado que le volvía la espalda acusándole de traición por su acercamiento a las políticas neoliberales, a manos del Partido Democrático (PD) de Yukio Hatoyama. Su triunfo electoral confirmó el deseo popular de no seguir el incipiente modelo de libre mercado basado en el de Estados Unidos.
Hatoyama arrancó su mandato el pasado septiembre con una aprobación cercana al 90%. Las propuestas que le llevaron al gobierno fueron la inversión de más fondos en el sistema sanitario y de pensiones, el aumento de las ayudas al empleo y cobertura de paro, la educación y la agricultura. En un mitin electoral en Osaka declaró 'No queremos un país donde las mujeres digan que no pueden tener hijos por falta de dinero'. Todo sin aumentar la carga fiscal ni subir el IVA en los próximos cuatro años, actualmente en el 5%.
 
La corrupción de la clase política, es un mal endémico de Japón igual que en Europa. Tras más de medio siglo en el gobierno, el PDL tejió estrechas y oscuras relaciones con las grandes empresas del país, de las que fueron emanando sus principales leyes, líderes y candidatos. Hatoyama llegó al poder abanderando una política de limpieza y transparencia. Sin embargo poco duró el espejismo. Accedió a la candidatura del Partido Democrático después de que su precedesor Ichiro Ozawa tuviera que dimitir sólo unos meses antes de las elecciones por un caso de presunta financiación ilegal. Durante su corto mandato de ocho meses se ha visto implicado directamente en unas oscuras donaciones por valor de 1,88 millones de euros de las que se ha excusado culpando a su contable y en una evasión al fisco de 72 millones de yenes (más de 500.000 euros) de beneficios logrados en bolsa el año pasado.
 
Pero no han sido los casos de corrupción, los que han acelerado la caída de Yukio Hatoyama. Hace unos meses barajó la posibilidad de que los extranjeros que viven de forma permanente en el país tuvieran derecho de voto a nivel local. Esta cuestión sobre todo se refiere a los coreanos de segunda y tercera generación (Zainochi) que viven en el país nipón en condición de residentes. La oposición de la población a esta medida es de más del 95% de la sociedad japonesa. Pero la gota que colmó el vaso de la paciencia nipona, fue romper su promesa electoral de cerrar la base militar de Estados Unidos en la isla de Okinawa, cuyo acuerdo renegoció y prolongó durante su breve mandato. Esta decisión hizo descender su popularidad por debajo del 17% y de aquí a la dimisión.
 
Y es que para los Japoneses, como declaró el mismo Hatoyama en campaña que “el crecimiento es importante, pero la felicidad tiene prelación”. La mayoría de los japoneses están satisfechos con el tipo de sociedad que han creado. Piensan que los americanos y los europeos están obsesionados con el dinero y la ambición material. Parecen por el momento dispuestos a aceptar cierto estancamiento como precio que pagar por seguir siendo auténticamente japoneses.
 
 
Resistencia frente a una clase política corrupta
 
Ahora Naoto Kan, un antiguo militante izquierdista que ha pasado a ser un defensor a ultranza del rigor presupuestario, ha sucedido Yutio Hatoyama. Se convierte así en el sexto jefe de Gobierno de Japón desde septiembre de 2006, después de Junichiro Koizumi, Shinzo Abe, Yasuo Fukuda, Taro Aso y Yukio Hatoyama, por ese orden. Es además la tercera vez desde esa fecha que un partido y no los electores, decide quién gobierna.
 
Ha prometido prometió continuar las reformas económicas emprendidas por su predecesor y reducir la astronómica deuda pública del país que alcanza casi el 200% del Producto Interior Bruto. De la base militar no ha dicho nada, pero ya ha amenazado con que la alianza con EEUU seguirá siendo “la piedra angular” de la política exterior japonesa. Así las cosas no es extraño que apenas se aprecie interés en un electorado que desconfía de la clase política y que no percibe diferencias en los dos grandes partidos.
 
Según el prestigioso economista de la Universidad de Tokio, Fumio Hayashi,  la razón principal del estancamiento del Japón en los últimos años ha sido la disminución de la cantidad de trabajo hecho por los japoneses, o lo que es lo mismo, la productividad. Esto bien podría tener algo de cierto y estar causado por un contagio “globalizador” de las costumbres, igual que el problema de la natalidad.
 
Nosotros nos inclinamos a ubicar el más grave peligro para el Japón en su corrupta clase política y empresarial. Hoy conocemos las consecuencias de la inmigración y las políticas liberales en Europa, ahogada en gastos, delincuencia, recortes sociales y de derechos y terribles conflictos que los extranjeros generan. En Japón estamos asistiendo a la resistencia de este pequeño gigante a someterse a idénticos argumentos.
 
Japón ha demostrado en la práctica que es viable una sociedad extraordinariamente próspera sin la presencia de inmigrantes y seguramente por ello exenta del azote de la delincuencia. Es la prueba palpable de que es posible la coexistencia armoniosa entre tradición, orden, continuidad y democracia.
 
Esperamos que el oasis del sol naciente sea capaz de lanzar por la borda el lastre de políticos y neovividores, y solucionar como en el pasado reciente sus problemas, en el contexto de sus formas tradicionales. En caso contrario nos veremos obligados a asistir una vez más al triste espectáculo de la ruina y caída de otra cultura rica y milenaria, envenenada por la plaga del liberalismo y la globalización.
 

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