Opinión: Los leones del Zoo de Madrid
Inmigración

Los leones del Zoo de Madrid
Rafael Sanz

Los leones del Zoo de Madrid son los últimos representantes del león norteafricano, del que se abastecían los circos de la antigua Roma tras la extinción del león europeo en torno al ano 100 de nuestra era. Fueron un regalo del sultan de Marruecos al rey Alfonso XIII con motivo de la conferencia de Algeciras de 1912; pertenecían a su zoo particular. Con buen criterio, el sultán  consideró que en manos espanolas estarían más protegidos que en su propio país, donde ese mismo año se había abatido el ultimo ejemplar en libertad.



Es de suponer que el sultán abrigaría cierto afecto al rey de la Selva, pues dichos animales se habían merendado unos años atrás al caudillo rebelde el Raisuni. Ejecutar a oponentes arrojándolos a la jaula de los leones fue siempre un pasatiempo caro a los sultanes cherifianos.
 
Hubo un tiempo no tan lejano en que los leones poblaban toda la cuenca mediterránea. Así se entiende el consejo de Jesús a los apóstoles de que no olviden llevar sus espadas: el león se extinguió en Palestina en 1928. En Siria e Irak, donde su caza constituía el deporte favorito de los soberanos asirios tres milenios atrás, se extinguieron en 1932. Podemos imaginarnos a Ulises o Alejandro cazando leones en una Grecia con el colorido de un safari africano. Los elefantes que Aníbal condujo de Túnez a Italia, eran de una subespecie más pequena que el africano. Nuestros ancestros, los iberos de la cultura argárica, que calzaban alpargatas de esparto y llevaban plumas en la cabeza como los apaches, habitaban una península ibérica  repleta de elefantes, rinocerontes, hipopótamos y leones. Fueron ellos quienes los extinguieron.
 
El principio del fin de esa época  en que la fauna africana poblaba la cuenca mediterránea llegó hace 5.000 años, cuando una era más seca convirtió lo que hasta entonces eran lagos y verdes llanuras en el inhóspito desierto del Sahara. Es a partir de entonces que éste se erigió en barrera geográfica entre el Africa Negra y el mundo mediterráneo, interrumpiendo el libre paso tanto de la fauna Africana hacia Europa como del contacto humano entre ambos lados del desierto. Hasta entonces, no existía ninguna barrera geográfica al contacto entre blancos y africanos, gracias a lo cual los blancos llegaron en tiempos prehistóricos a las selvas del Africa Occidentales, donde encontraron un tipo humano primitivo, con el cual se mestizaron, los pigmeos.
 
De este cruce de razas, surgió el tipo africano o raza negra. Se han analizado con programas informáticos 531 cráneos africanos y todos se encuentran en algún punto de una variable entre un cráneo europeo y uno pigmeo; los sistemas químicos y serológicos de los negros se encuentran siempre a mitad de camino entre el pigmeo y el europeo. A medida que nos acercamos al Africa Occidental, el tipo étnico va haciéndose cada vez más pigmoide, mientras que a medida que nos acercamos al Africa Oriental el tipo va haciéndose más refinado y esbelto: es famosa la belleza de las mujeres de Kenia y Etiopía, cuyo tipo nilótico presenta muy mitigados los rasgos pigmeos. Como el mestizaje entre blancos y pigmeos se produjo en fecha relativamente reciente, el cráneo más antiguo de hombre negro,  encontrado en Argelia, data de hace sólo 17.000 años.
 
Son pues los negros el tipo humano más reciente, procedente de la mezcla en una época relativamente reciente de blancos y pigmeos, en tanto que el esqueleto más antiguo de hombre moderno es de tipo étnico europeo, data de 150.000 años y fue encontrado en la cueva de Monte Carmelo, en Palestina, donde convivió durante miles de años en una área de sólo 25 kilómetros cuadrados con neandertales y homo erectus.
 
Es desde Palestina desde donde los hombres de tipo europeo colonizarán Oriente Medio, donde en Mesopotamia y Egipto crearán lo que nos separa de la animalidad, a saber, la civilización, y con ella la tecnología.
 
Una de las consecuencias de la tecnología ha sido la ruptura de las barreras geográficas, que como el desierto del Sáhara, separaron milenios a las poblaciones africanas del resto del mundo. 
 
A finales de siglo Alemania contará con 25 millones de habitantes, Nigeria con 900 millones. La tecnología, creación del hombre europeo, juega ahora en su contra. Ahora que ninguna barrera nos separa de nuestros primos africanos, ha llegado el momento de que se reanude el intercambio genético que precedió a la  creación del desierto africano. Debido a las migraciones en gran escala que se preveen para este siglo y a la natalidad diferencial entre africanos y europeos, ha sonado el principio del fin para las poblaciones europeas.
 
La desaparición de toda una cultura y civilización (en el sentido spengleriano de dichos términos), no es necesariamente una buena noticia, en especial cuando se trata de la cultura que ha creado el mundo tecnológico e industrial que nos ha llevado a unos niveles de confort, prosperidad y libertad que nunca hubieran sonado los antiguos griegos que cazaban el león europeo. Los hombres europeos se extinguirán, al igual que se extinguieron los leones europeos, sin que a nadie parezca importarle demasiado, pues otro efecto de la tecnología ha sido el de hacernos perder la perspectiva de las cosas y el sentido de la historia, crear un tipo humano hiper-individualista, sin más referencias y horizontes que sí mismo y su pequeña vida.
 
Para el europeo del siglo XXI la movilidad geográfica ilimitada y el derecho de todos a instalarse donde cada cual lo desee constituyen un derecho fundamental del que no se puede privar a nadie. Que la aplicación de este principio lleve a un mundo más justo y solidario o simplemente a la desaparición de la cultura que ha constituido desde siempre la base de la civilización,  es una cuestión de opiniones.
 
Una generación, la nuestra,  que ha dejado de leer, a quien no le interesa su propia historia ni su herencia cultural, una generación que ha desertado los conciertos de música clásica  por las sesiones de zapping, que no se siente vinculada a ninguna tradición nacional o cultural, y que ha vaciado de contenido los fundamentos de su herencia cultural,  ha perdido incluso la noción de lo que significa el formar parte de una civilización. Ha olvidado que la civilización puede ser perecedera, y  que finalmente su destino individual está necesariamente ligado al del grupo al que pertenece, trátese de cultura o civilización.
 
Habiendo reducido su perspectiva vital al espacio que va de su frigorífico a su televisor o su PC, los últimos europeos creen constituir el tipo humano más justo y solidario que haya nunca existido, que se encaminan al mejor de los mundos, un mundo ahistórico y atemporal, un mundo seguro y confortable que ha borrado de su vocabulario los términos “linaje” o “antepasado”, que ha olvidado la idea de deber y el esfuerzo creativo al tiempo que ha abolido la guerra y las fronteras.
 
Creen que el fin de su civilización es un acontecimiento tan banal que no merece ni un minuto de reflexión, y su hiper-individualismo le llevará a pensar que un mundo sin barreras, sin distancias y sin fronteras no es sólo el mejor de los mundos, sino el único posible. Y ni siquiera la idea del fin de su civilización y del tipo humano que la creó, turbará el ocaso de su existencia, pues,  como dijo Julio César, “los hombres creen justamente aquello que se acomoda a sus deseos”.
 

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