Opinión: Lecciones del Filósofo
Inmigración

Rafael Sanz. Opinión. Lecciones del Filósofo
 

Los que somos aún conscientes de nuestro deber, nunca deberíamos olvidar aquella frase del filósofo prusiano según la cual “Ante el sentimiento del deber enmudecen las más rebeldes pasiones”. Y deberíamos tener siempre siempre presente el imperativo kantiano : “Ser es Hacer”.

 



Nunca se casó y pasó toda su vida dentro o alrededor de su ciudad , sin viajar jamás más allá de 150 km de ella. Vivió una vida muy estricta y previsible, de forma que sus vecinos ponían los relojes en hora cuando daba sus paseos diarios. Encerrado en su gabinete, donde pasó su larga vida de casi 80 años, cuidaba poco el filósofo del mundo banal. Fue bautizado como 'Emanuel' pero cambió su nombre a 'Immanuel' tras aprender hebreo. Ha pasado a la historia como Immanuel Kant.

Su padre era un artesano de la ciudad prusiana de Memel, que es hoy en día la ciudad lituana de Klaipeda. Su madre era hija de un fabricante de sillas de montar escocés. De sus 9 hermanos sólo 4 llegaron a la adolescencia.

Fue educado en el pietismo, corriente religiosa que ponía énfasis en una intensa devoción religiosa basada en la humildad personal, las ideas de sacrificio y deber, así como el sometimiento a Dios. El pietismo arraigó en la nobleza de Prusia Oriental, convirtiéndola en la nobleza más aguerrida de Europa, una nobleza que por su sometimiento al Estado y a la Corona de Prusia, como representantes de la voluntad de Dios en la tierra, no hacía más que seguir la idea de Lutero de servicio al Estado como servicio a Dios. Esa idea de deber del pietismo, moldeó el pensamiento de Kant, y puede verse repetida una y otra vez en sus escritos :

“Me dormí y soñé que la vida era belleza; me desperté y vi que era deber”.

“La mayor perfección del hombre es cumplir el deber por el deber”.

“Dos cosas llenan el ánimo de admiración y respeto, siempre nuevos y crecientes, cuanto con más frecuencia y aplicación se ocupa de ellas la reflexión: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral en mí”.

En efecto había nacido Kant en Prusia Oriental, esa provincia fronteriza en que la población rural era polaca o lituana, mientras las ciudades eran una mezcla de alemanes y eslavos y bálticos germanizados. En Königsberg, la capital de Prusia Oriental, se editó el primer libro en lituano, una Biblia de 1547. La casa rural era la casa típica lituana, y los pescadores de habla lituana acudían a los muelles de Königsberg (Karaliaucius, en lituano) a vender pescado, y lo hacían en sus pintorescos barcos lituanos de quilla redonda y velas de alto mástil.

Estudió Kant la filosofía de Leibniz y Wolff con el profesor y filósofo Martin Knutzen, un racionalista que también estaba familiarizado con los desarrollos de la filosofía y la ciencia británica y que introdujo a Kant en la nueva física matemática de Newton. En 1749 publicó su primera obra filosófica, publicó muchas más obras sobre temas científicos, y llegó a ser profesor universitario en 1755. El tema de sus lecciones era la "Metafísica", la cual enseñó durante casi cuarenta años.

Como el Genio tiende a ser polifacético, Kant diseñó en 1755 la hipótesis de la nebulosa protosolar, en donde dedujo correctamente que el Sistema Solar se formó de una gran nube de gas, una nebulosa. De este modo intentaba explicar el orden del Sistema Solar, anteriormente visto por Newton como impuesto por Dios desde el comienzo. Kant también dedujo correctamente que la Vía Láctea era un gran disco de estrellas, formada asimismo a partir de una nube giratoria. Además, sugirió la posibilidad de que otras nebulosas podían ser igualmente grandes discos de estrellas distantes, similares a la Vía Láctea, lo que dio origen a la denominación de Universos Isla para las galaxias, término en uso hasta bien entrado el siglo XX.

La filosofía de Kant no niega la existencia de Dios, ni un orden moral, ni la realidad pensable de un mundo físico. Lo que niega -salvo en lo moral- es que la razón humana pueda trascender y llegar a esos entes en sí mismos: sean el "mundo", "Dios" o el "alma". Kant parte de la conciencia, de las representaciones fenoménicas del yo. El fenómeno es el objeto indeterminado de la intuición. El árbol puede afectarnos y de él tenemos una representación fenoménica. Nada podemos saber del árbol en sí. La realidad de la cosa, en ella misma, es algo no alcanzable.

Pero la idea que siempre obsesionó a Kant fue la de que la Razón era como una isla asediada por un océano de tinieblas, y de que algún día el mundo civilzado volvería a caer en la barbarie.

La ciudad que está unida al recuerdo de Kant, Königsberg, era una de las ciudades más bellas de la Europa báltica. En la capilla de su castillo se coronaban los reyes de Prusia. El último en hacerlo sería Guillermo I, primer emperador de la Alemania que Bismarck unificó, abuelo del Kaiser Guillermo II, y antepasado de la actual reina de Espana y del actual rey de Suecia. Corría el año 1862 y lo hizo por consejo de Bismarck. La catedral, construida entre 1330 y 1380, había decorado la ciudad durante 6 siglos, con sus tres naves de estilo románico y gótico. Con un altar barroco, estaba decorada por valiosas pinturas y frescos. En 1721 un formidable órgano fue instalado. Las tumbas de los obispos y el impresionante sarcófago del Duque Albrecht de Prusia, de 11 x 12,25 m, en mármol blanco de estilo Renacentista italiano, con una pila baustimal del siglo XIV con la imagen de San Olav, así como más de un centenar de tumbas y epitafios adornaban su interior. Sin duda el alma de la ciudad de Kant era el castillo, construido por los cruzados en 1257, con 9 masivas torres y un patio rectangular de 107 x 67 metros.

El Duque Albrecht lo convirtió en un suntuoso palacio renacentista y en 1529 estableció en él su famosa biblioteca con 68 libros griegos y latinos que compró. Especialmente orgulloso se mostró el Duque de su Librería de Plata, 20 libros con cubiertas de plata adornadas por joyeros de Nuremberg. El Duque Albrecht también fundó la Universidad Albertina (así llamada en su honor), en la que enseñaba Kant, un magnífico edificio Renacentista Italiano. Y los muelles por los que paseaba el filósofo estaban adornados por bellos edificios hanseáticos, que recordaban a los de las ciudades también hanseáticas de Amsterdam, Danzig o Wismar.

Rodeado de tanta belleza, no es sorprendente que Kant temiese por su fragilidad ante la llegada de una Edad Oscura, de la Barbarie.

Sus predicciones se hicieron realidad en 1945, cuando las tropas soviéticas destruyeron completamente la ciudad, y tras un asedio brutal en que sólo sobrevivió una cuarta parte de la población, todas las mujeres entre 12 y 80 años fueron violadas en grupo durante semanas ; gran parte de la población fue deportada a Siberia para morir en su mayor parte de frío y privaciones. El primer ministro inglés Churchill era el instrumento que el Destino utilizó para llevar la barbarie a la ciudad de Kant. La de Churchill fue toda su vida al servicio de la Barbarie, como un imperativo kantiano mal entendido. Ya en 1901 había ideado los primeros campos de concentración para civiles durante la Guerra de los Bóers, campos en los que murieron cientos de miles de ancianos, mujeres y niños Bóers ; en 1914 ideó el bloque naval de Alemania que mató de hambre a un millón de civiles alemanes, la mayoría niños, una práctica prohibida por las leyes de la guerra, y que llevó trágicamente a convencer a Hitler de la necesidad de conquistar territorios en el Este para alimentar la población alemana ; en los años 20 Churchill gaseó a miles civiles de iraquíes y en la segunda guerra mundial quemó vivos a 1 millón de civiles alemanes, 300.000 de los cuales eran niños; en 1945 había tenido otra de sus ideas : desplazar la frontera alemana cientos de kilómetros al Oeste y deportar a los 10 millones de alemanes que vivían en las provincias orientales, que pasarían a ser rusas o polacas ; en dicha deportación murieron 3 millones de civiles alemanes, en su mayor parte niños, mujeres y ancianos.

La ciudad de Kant fue demolida de arriba a abajo y nada ha quedado de la antigua capital de la Prusia Oriental. Hoy en día es una ciudad fea y aburrida, con horribles edificios soviéticos de hormigón, grises y deprimentes. La población báltico-alemana que la habitaba desapareció hace mucho con la deportación de post-guerra, y fue sustituída por una población tártara y rusa, que no ha sido capaz hasta ahora de crear nada significativo a nivel cultural.

El destino de Köenigsberg ilustra de forma evidente lo que puede ser el destino de las ciudades de la vieja Europa, cuando algún día no muy lejano llegue una invasión extranjera , procedente no de Rusia, sino de Africa, el mundo árabe o China ; esta invasión puede ser armada o pacífica, pero su efecto será el mismo : la población original será sustituida por una diferente, y el patrimonio cultural desaparecerá con ella. Nuevos pueblos pasearán por las calles de Europa, incapaces de apreciar como propias las joyas de la tradición europea, que serán sustituidas por otras más acordes con el gusto de los nuevos pueblos. Será la Edad Oscura, la vuelta de la Barbarie que Kant siempre temió. Curiosamente este escenario se hará realidad porque los europeos habrán traicionado esa idea del Deber que obsesionó a Kant, abriendo las puertas de Europa a la invasión de pueblos extranjeros a su ser. Los que somos aún conscientes de nuestro deber, nunca deberíamos olvidar aquella frase del filósofo prusiano según la cual “Ante el sentimiento del deber enmudecen las más rebeldes pasiones”. Y deberíamos tener siempre siempre presente el imperativo kantiano : “Ser es Hacer”.

 

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