Opinión: EL IDIOTA
Inmigración
Rafael Sanz. OPINIÓN
 
EL IDIOTA
 
El idiota no sabe que existe otro mundo, el mundo real, un mundo en que la historia no ha muerto y en que la gente muere y mata por un puñado de tierra, aunque se trate de áridas peñas de Chechenia o de arenales de Oriente Medio. El idiota no sabe que su mundo está condenado y que el desembarco va a continuar; no serán ya cientos, serán miles y no habrá toallas suficientes para dar masajes al recién llegado.


Dicen que todo idiota tiene derecho a su minuto de gloria. Esta semana un puñado de idiotas ha tenido derecho al suyo. Los idiotas relataban con orgullo cómo interrumpían su descanso en la playa para ayudar con toallas y masajes a los africanos que desembarcaban en ella. La fatuidad suele formar parte del equipaje del idiota.
 
Un idiota raramente se plantea no ya las grandes cuestiones, sino las consecuencias de sus actos, el sentido de lo bueno y lo malo, las cosas por las que merece la pena vivir y morir.
 
Hay idiotas ilustres y otros que no lo son tanto. En las épocas de grandes catástrofes y transformaciones radicales como ésta en la que nos encontramos, los idiotas son legión. Incluso ocupan posiciones de poder. El idiota pasa a la historia no por lo que hizo, sino por lo que dejó de hacer. Y cuando es testigo de la historia, aunque se encuentre al borde de un volcán, sólo pensará que ha vivido una aventura solidaria en una playa apacible.
 
Hubo un idiota ilustre, Nicolás II, el último emperador de Rusia, que vivió el mayor cataclismo social de todos los tiempos sin enterarse de nada. Puede parecernos un personaje lejano, pero su linaje, lejos de haberse extinguido, ocupa posiciones de poder. Nicolás, la reina de Bélgica y los reyes de Inglaterra, Noruega y Dinamarca eran hijos de hermanas; los nietos de sus primos hermanos ocupan aún los tronos de Dinamarca, Noruega, Luxemburgo e Inglaterra y el hijo de su prima hermana el de Bélgica; la abuela del actual rey de España y la mujer de Nicolás eran hijas de hermanas: Don Juan, el actual rey de Bélgica y el Zarevitch Alexis, hijo de Nicolás, eran primos segundos.
 
El diario íntimo de Nicolás es tan anonadante como la actitud de los bañistas canarios ante el desembarco. Estalla la revolución de 1905; la policía dispara sobre una multitud indefensa a las puertas de palacio, y los cosacos de la Guardia se emplean a sablazos: dos mil muertos, entre ellos numerosos niños. En su diario, sólo dedica 4 frases a la matanza de la que es responsable, para acabar las anotaciones del día con: “Mamá ha venido de la ciudad justo a la hora de la comida. Hemos comido en familia”.
 
Al día siguiente, cuando miles de familias lloran a sus muertos en la capital, a 17 kms de allí, el idiota coronado anota en su diario: “Hoy no ha pasado nada de particular en la ciudad. El tío Alexis ha comido con nosotros. He recibido una delegación de cosacos del Ural que me han traído caviar…”. Y a los dos días de la matanza que ha pasado a la historia como el Domingo Sangriento, cuando ya la revuelta se extiende por el Imperio y comienza el asalto de propiedades y la matanza de terratenientes, el idiota coronado anota: “Jornada agotadora. Después del informe he recibido a mucha gente…por la tarde, he tenido que leer muchos documentos. Todo esto me ha provocado fuertes dolores de cabeza….”.
 
Cuando se ve obligado a abdicar en 1917,  el idiota coronado sigue en su mundo de autista. Un pariente próximo comenta estupefacto que tras encontrarle unos días después de la abdicación, el idiota depuesto le espetó un banal: “”¿Qué tal por tu casa, cómo te va?”. El general Dubensky recordaba que tras la abdicación estaba muy emocionado, y apoyado en la ventana, no pudo retener las lágrimas. Junto a la ventana pasa entonces el idiota depuesto, le mira alegremente, le hace una señal y le saluda militarmente. Hacía media hora que el telegrama había  anunciado la abdicación. ¿Cómo empieza su diario al día  siguiente? “He dormido mucho y profundamente. He hablado con mis acompañantes del día de ayer. He leído largo rato a Julio César”.
 
La última anotación de su diario, el día  en que será asesinado junto con su familia por gente que no dedicaba tanto tiempo a Julio César, decía: “El tiempo es soleado y apacible. Ninguna noticia del exterior”.
 
El idiota cree que su pequeña e insignificante existencia es realmente el centro del escenario y que siempre verá los toros desde la barrera. Un continente entero se ha puesto en marcha y ha empezado a desembarcar en nuestras costas con la firme intención de quedarse para siempre. Si se produce un desembarco en su playa, acudirá con su toalla a dar masajes al que llega y, si puede, lo contará ante las cámaras al mundo, un mundo que se acaba, aunque el idiota aún no lo sepa.
 
El idiota no sabe que existe otro mundo, el mundo real, un mundo en que la historia no ha muerto y en que la gente muere y mata por un puñado de tierra, aunque se trate de áridas peñas de Chechenia o de arenales de Oriente Medio. El idiota no sabe que su mundo está condenado y que el desembarco va a continuar; no serán ya cientos, serán miles y no habrá toallas suficientes para dar masajes al recién llegado.
 
Pero siempre el idiota ha pensado que su vida privada era la única realidad. Jorge IV, el hijo del rey loco (y antepasado de otro ilustre idiota, George Bush), era tan tonto que los ministros de su padre le llamaban el “tonto George”. Al morir su padre, cuando le fueron a anunciar su inminente subida al trono de Inglaterra,  se puso a hacerles muecas mientras repetía “¿Quién es ahora el tonto George?”. También él fue testigo de importantes hechos históricos que anunciaban el fin de una era sin enterarse de nada. Compartía  con su bisabuelo Jorge I, el fundador de la dinastía, un rasgo común a todos los idiotas, la falta de patriotismo. Aquel había dicho a sus ministros: “Robad cuanto queráis, sólo es dinero inglés.” Y para Jorge IV, como para todo idiota, la única realidad era su vida privada. Un soleado día de mayo de 1821 un asistente jadeante entra en su despacho y adoptando la pose más solemne que pudo, le anunció: “Señor, vuestro peor enemigo ha muerto”. Al rey Jorge se le iluminó el rostro y preguntó eufórico: “¿Mi mujer?”. “No, Señor, el emperador Napoleón”.
 

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