Opinión: SAN AGUSTÍN : IGLESIA CATÓLICA , IDENTIDAD E INMIGRACIÓN
Inmigración
Opinión. Rafael Sanz .SAN AGUSTÍN : IGLESIA CATÓLICA , IDENTIDAD E INMIGRACIÓN
 
El caso de San Agustín es paradigmático de la ceguera de la iglesia actual. San Agustín es la fuente de inspiración del Papa Benedicto XVI, entusiasta de las fronteras abiertas y de las ocupaciones de iglesias por los sin papeles.
 
Ahora que miles de africanos se disponen a desembarcar en nuestras costas, la amenaza de un colapso civilizatorio vuelve a hacerse más real que nunca. Pero habría que recordarle al obispo de Roma el carácter frágil de toda civilización, algo que el obispo Talleyrand, que vivió el salvajismo de la Revolución Francesa, destructora del orden tradicional cristiano y de cierta idea de civilización inherente a éste, comprendió y que le llevó a exclamar nostágicamente: “Quien no ha vivido antes de 1789 no sabe lo que es la vida”.


Hace 1.600 años un obispo mandaba mucho más que un gobernador. Y si este obispo se llamaba Agustín y era obispo de Hipona, su poder era aún más contundente. El gobernador romano se quejó amargamente al obispo de Hipona de la prohibición de las procesiones. A pesar de su gran popularidad , las procesiones habían sido prohibidas por Agustín debido a su carácter pagano.
 
El gobernador alegaba que las procesiones constituían una de las señas de identidad de la Patria y su erradicación ponía en peligro, según él, las tradiciones de ésta. La respuesta de S. Agustín al gobernador fue contundente: a los cristianos la Patria les era indiferente, pues no era eterna sino terrenal, para ellos no había más Patria que la del cielo, que era eterna.
 
Pero el tiempo le haría rectificar. Con el colapso demográfico del Bajo Imperio, hordas de miles de inmigrantes entran en el imperio y se dedican a saquear todo a su paso. La instalación de pueblos culturalmente más primitivos que los romanos llevó consigo el colapso de la civilización romana.
 
El mundo de San Agustín era un mundo extrañamente moderno. Los romanos conocían la máquina de vapor, que usaban como mecanismo para abrir y cerrar las puertas de sus templos y como motor de coches…de juguete; disponían de agua caliente en sus casas, así como de sistemas de alcantarillado y habitaban edificios de cinco pisos; tenían alumbrado público con gas y medicinas hoy en día olvidadas, que hacían que sus mujeres pariesen sin dolor;  una economía próspera a pesar de (¿o debido a?) la ausencia de un sistema bancario y un Derecho que hemos debido recuperar para organizar sociedades modernas. Una idea de estado moderna y el cristianismo como religión oficial estaban haciendo de ellos  hombres civilizados, cada vez más alejados del arcaico hombre homérico. Eran tan modernos que ya no hacían hijos, y el Imperio se enfrentaba a un colapso demográfico debido a las bajas tasas de natalidad.
 
Este era el mundo y la Patria que San Agustín despreciaba con argumentos teológicos.
 Pero la llegada de los inmigrantes a sus tierras le hizo cambiar de idea sobre la importancia de la “Patria”. Ya no se limitaría a teorizar desde lejos sobre el saqueo de Roma, como hizo en su obra “La Ciudad de Dios”, en la que afirmaba que poco importaba el saqueo de Roma, dado que lo importante no era la ciudad de los hombres, sino la ciudad de Dios.
 
Agustín tenía una cita con el destino: su Africa natal no sería  saqueada, como lo fue Roma, por los civilizados visigodos (que respetaban iglesias y vidas humanas) sino por la tribu cuyo nombre ha pasado al léxico como sinónimo de crueldad y salvajismo: los vándalos. Estos sometían a esclavitud a los que sobrevivían a los incendios y matanzas.
 
Enterado del carácter de la invasión de otras diócesis africanas, escribe al fin que el estado es necesario como marco de civilización y que “ los que dan su vida en sacrificio por la Patria son merecedores de respeto”. Pero es tarde, los vándalos han llegado a su ciudad, a la que someten a asedio. Agustín pide a Dios que le lleve de este mundo para no contemplar la caída de Hipona, deseo que le es concedido: Agustín cae enfermo, se retira a su habitación,  donde en la pared frente a su cama escribe en grandes caracteres una oración para recitar continuamente hasta el momento que muera. Poco después de su muerte Hipona cae, es destruída y su población es sometida a esclavitud.
 
El caso de San Agustín es paradigmático de la ceguera de la iglesia actual. San Agustín es la fuente de inspiración del Papa Benedicto XVI, entusiasta de las fronteras abiertas y de las ocupaciones de iglesias por los sin papeles. Ahora que miles de africanos se disponen a desembarcar en nuestras costas, la amenaza de un colapso civilizatorio vuelve a hacerse más real que nunca: miles de africanos a los que no es posible alimentar ni alojar, y que se dedican al saqueo como forma de supervivencia, un escenario que ya en 1972 Jean Raspail predijo en su obra profética y turbadora “el campamento de los santos”.
 
La caída de Roma provocada por la llegada repentina de masas de población culturalmente primitivas, provocó una regresión cultural de siglos y la llegada de una Edad Oscura que duró medio milenio. A lo largo de ese medio milenio a germanos y hunos seguirían árabes, vikingos y húngaros, hasta que la paulatina creación de embriones de estado (Sacro Imperio, Francia, Castilla) levantaría un dique a las incursiones de poblaciones primitivas. La iglesia colaboraría con los estados en levantar poco a poco una nueva civilización sobre las ruinas del  mundo antiguo. A esta nueva civilización, a la que conocemos como civilización occidental y que es la nuestra,  le acecha  un peligro grave e inminente: una nueva Edad Oscura, una Edad Oscura cuyo alcance y significado aún no parece haber entendido Benedicto XVI . Si una mente tan brillante como la de San Agustín, que como Padre de la Iglesia estableció el fundamento de la teología católica,  no comprendió la importancia de la Patria terrenal, seamos indulgentes con Benedicto XVI .
 
Pero habría que recordarle al obispo de Roma el carácter frágil de toda civilización, algo que el obispo Talleyrand, que vivió el salvajismo de la Revolución Francesa, destructora del orden tradicional cristiano y de cierta idea de civilización inherente a éste, comprendió y que le llevó a exclamar nostágicamente: “Quien no ha vivido antes de 1789 no sabe lo que es la vida”.
 

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