Opinión: El mayor problema de la inmigración es su carácter multicultural
Inmigración

Rafael Sanz. ¿Es buena la inmigración? El mayor problema de la inmigración es su carácter multicultural

Viví en Sodertalje, una ciudad sueca con un tercio de extranjeros, en su mayoría cristianos de origen sirio y turco. Su religión cristiana (incluso los jóvenes eran muy devotos) no les impedía tener los mismos problemas de integración (paro, criminalidad) que los musulmanes en Francia. Era la psicología, las pautas de comportamiento, lo que separaba a turcos y suecos. Para que la integración se produzca se necesita que la proporción numérica de nativos e inmigrantes nunca se rompa a favor de estos últimos y por otra parte que la distancia cultural entre inmigrantes y sociedades de acogida no sea demasiado grande.



La inmigración es un fenómeno que ha existido en todos los tiempos, pero es a partir del siglo XIX cuando adquiere un carácter masivo, consecuencia directa del avance tecnológico que permitió el transporte intercontinental de masas. Ello permitió a Europa arrojar su excedente demográfico a otros continentes; América, Australia y Africa acogieron a millones de europeos. A partir de mediados del siglo pasado, la dirección de los flujos migratorios se invierte debido al cambio del ciclo demográfico y es el mundo extra europeo el que se establece en Europa.
 
En mi primera infancia fui a vivir a un país africano, Marruecos, independiente desde hacía sólo 13 años. Cuando se independizó, Rabat, la capital, contaba con 50.000 europeos que constituían un tercio de la población. El país, que al independizarse tenía 9.000.000 de habitantes, contaba con medio millón de inmigrantes franceses. Todavía en los años 70, en mi ciudad, Rabat, el Océan barrio español, contaba con 5000 españoles y mi primer colegio fue una escuela segregada, en la que europeos y africanos ocupábamos alas distintas del colegio y teníamos el recreo a horas diferentes.
 
La inmigración es un fenómeno natural y tampoco es nuevo, lo novedoso es la magnitud de las cifras en él implicadas. Lo importante es analizar si los efectos positivos compensan los fenómenos negativos.
 
La inmigración europea benefició culturalmente al mundo extra europeo debido al mayor desarrollo cultural de Europa frente al resto del mundo. Prácticas como el canibalismo, la quema de viudas, el sacrificio de niñas, la esclavitud, la mutilación femenina, aun sin desaparecer han retrocedido. La alfabetización y la higiene así como la llegada del mensaje humanista implícito al cristianismo, han hecho de poblaciones que en sus comportamientos y cultura material estaban muy poco desarrolladas, ciudadanos capaces de integrarse a un entorno urbano post-industrial.
 
Pero la inmigración europea ha tenido funestos efectos medioambientales: extinción masiva de especies y pérdida de ecosistemas han ido de la mano del mayor de los peligros, la destrucción del equilibrio demográfico que de forma natural existía entre población y territorio. Introduciendo la medicina europea,  sin conseguir adaptar las prácticas tradicionales mucho más acordes a sus necesidades, los inmigrantes europeos han provocado un boom demográfico insostenible.
 
La inmigración extra europea ha podido resultar en ocasiones económicamente beneficiosa, aunque sólo de forma parcial, pues produce una serie de cargas que deben ser financiadas por el contribuyente: la sanidad, la educación y las viviendas sociales están beneficiando en su inmensa mayoría a los inmigrantes, que gozan de preferencia frente a los nativos en la obtención de estos servicios, debido a su menor renta y su mayor precariedad.
 
No todo son beneficios y la población así lo percibe, de forma que la inmigración es percibida con preocupación por los españoles, que la sitúan como la segunda de sus preocupaciones.
 
Con todo, el mayor problema de la inmigración es su carácter multicultural. Lo malo no es que emigren trabajadores cuando son necesarios, sino la infranqueable distancia cultural que los separa de las sociedades de acogida. Ni los españoles ni los europeos se encuentran cómodos viviendo en sociedades multiculturales.
 
Los inmigrantes que se integran son aceptados por las sociedades de acogida, pero para que la integración se produzca se necesitan dos cosas: por una parte, que la proporción numérica de nativos e inmigrantes nunca se rompa a favor de estos últimos y se mantenga el equilibrio demográfico entre unos y otros, y por otra parte que la distancia cultural entre inmigrantes y sociedades de acogida no sea demasiado grande.
 
Hubiese sido demasiado pedir a los políticos que hubiesen tenido esto en cuenta y que a la hora de reclutar mano de obra lo hubiesen hecho teniendo en cuenta el factor cultural y se hubiese hecho exclusivamente en los países de nuestro entorno, es decir, los países centroeuropeos miembros de la Unión Europea que exportan inmigrantes y cuya distancia cultural respecto a nosotros es mínima.
 
El bajo nivel de los políticos lleva a que desconozcan conceptos como cultura o distancia cultural, confundiendo religión o idioma con cultura. No porque sean católicos y hablen español, dominicanos o ecuatorianos van a ser buenos vecinos. No porque hablen otro idioma, polacos o lituanos van a ser vecinos conflictivos. La cultura tiene mucho más que ver con la psicología de los pueblos y las pautas de comportamiento que de ella se derivan, que con los no por grandilocuentes menos vacuos llamamientos a los supuestos pueblos hermanos, sean mediterráneos o "latinos".
 
Viví en Sodertalje, una ciudad sueca con un tercio de extranjeros, en su mayoría cristianos de origen sirio y turco. Su religión cristiana (incluso los jóvenes eran muy devotos) no les impedía tener los mismos problemas de integración (paro, criminalidad) que los musulmanes en Francia. Era la psicología, las pautas de comportamiento, lo que separaba a turcos y suecos, y su cristianismo no era suficiente para borrar la diferencia cultural.
 
Cuando un sufrido trabajador español no puede dormir porque sus vecinos ecuatorianos organizan ruidosas fiestas en el portal noche tras noche, no está siendo víctima de la inmigración, sino de su carácter multicultural. Va contra el orden natural de las cosas obligar a que conviva gente de culturas diferentes en el mismo espacio, porque chocarán inevitablemente.
 
Si los empresarios y la economía necesitaban mano de obra, y se hizo necesario reclutarla fuera de España, debían haberlo hecho en países cuya distancia cultural sea tan pequeña que se evite el conflicto. Por otra parte la ética de trabajo centroeuropea hace de bálticos y polacos trabajadores más productivos y menos problemáticos que los procedentes de culturas no europeas, y tampoco está demostrado que la africanización de España vaya a ser económicamente beneficiosa a medio plazo. Cuando Aznar decía que España necesitaba inmigrantes, sólo decía una verdad a medias: España en aquel momento no necesitaba inmigrantes, sino inmigrantes europeos. A veces las medias verdades son más peligrosas que las mentiras.
 

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