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Seguridad Ciudadana    

En territorio de «zombis»

Yonkis drogándose a bordo de coches destartalados, o tirados de cualquier manera junto a las paredes con pintadas que anuncian que «se ceden» terrenos. Niños, ancianos y animales que atraviesan la estrecha carretera sin mirar, forzando los frenazos del intenso tráfico de camiones que se dirige a la cercana incineradora de Valdemingómez. Raquíticas construcciones frente a lujosas casas coronadas de antenas parabólicas. Los contrastes más dramáticos y la degradación más absoluta se contempla a cualquier hora del día en el tramo más conflictivo de la Cañada Real, el más cercano a Valdemingómez.



Los disturbios de estos días en una zona del inmenso asentamiento ilegal han vuelto a poner bajo la lupa informativa su penoso epicentro delictivo de la Cañada Real, donde los toxicómanos, cada vez más desde que arrancó el desmantelamiento de Las Barranquillas, buscan sus dosis esquivando los lujosos coches de quienes se las venden. Todo, como no podía ser de otra manera, en la más absoluta ilegalidad.

Fueron los propios residentes de otra zona de la Cañada Real, la que se intentó desalojar desatándose una jornada de violencia el pasado jueves (el sector V), los que han señalado las inmediaciones de Valdemingómez como el foco conflictivo del macropoblado. «Aquí no hay drogas ni chabolas», afirmaron indignados, protestando porque algunos medios de comunicación hayan vinculado el intento de desalojo policial con la delincuencia y el tráfico de drogas, y señalando muy cerca, en el tramo anexo de Valdemingómez: «Es sólo un kilómetro de los 15 del asentamiento en la Cañada Real», critican.

«Sí hay un grupo que no son normales, por decirlo de alguna manera, pero la mayoría sí lo somos; no queremos que nos llamen delincuentes o algo parecido», afirmó una de las representantes de la coordinadora de asociaciones de vecinos de la zona, Elena Martín, reclamando que no se generalice cuando se habla de delincuencia y degradación.
 
Hogueras en el camino
 
Esos dos nombres se convierten en adjetivos al adentrarse en el tramo cercano a la incineradora de Valdemingómez, donde se han ido «exiliando» los traficantes que iban saliendo de otros poblados desmantelados en Madrid. «Los bidones con brasas o las hogueras a las puertas son las señales de que se está vendiendo drogas», comentan algunos vecinos que insisten en que «no todo es malo aquí».
 
Junto a los traficantes han ido llegando en los últimos años más residentes con dudosas intenciones laborales, muchos de ellos inmigrantes indocumentados. El cóctel, antes ya cargado, se ha convertido en explosivo.
 
Una bomba de relojería
 
Mediodía de un día laboral cualquiera. Los abandonados laterales de la angosta carretera de dos carriles que comunica este tramo del poblado con el resto del mundo están salpicados de grupos de toxicómanos que caminan como «zombis», unos porque han ya han conseguido su preciada dosis y otros por que aún la buscan.
 
A su lado, juguetean numerosos niños y varios ancianos ven pasar el abundante tráfico. Muchos jóvenes, algunos cargados de abalorios, charlan con aparente desconfianza, mirando retadores a los conductores que contemplan sorprendidos lo que les rodea. Las actividades delictivas de calado o los simples trapicheos son constantes en la zona. «Esto será dentro de poco una bomba de relojería», alertaba un policía nacional hace poco a este diario.
 
El contraste es brutal: multitud de nacionalidades conviviendo entre escombros y basura; jóvenes con ropa de marca caminando por zonas sin asfaltar junto a niños semidesnudos; casas con jardines y hasta piscinas junto a penosas chabolas.
 
Aquí no se vende el terreno, «se cede», y varias parcelas y construcciones se anuncian con estas palabras y un número de teléfono plasmados a brochazos en las paredes. Tampoco faltan las pintadas en árabe. Los precios de venta de esas curiosas «cesiones» oscilan entre los 3 y los 10 millones de euros.
 
El poblado ha sido escenario de los más variados delitos y su problemática ha vuelto a saltar a la opinión pública tras el violento desalojo de hace unos días. Ocurre cada cierto tiempo: a finales de verano fue porque los camiones del servicio de recogida de residuos de Madrid comenzaron a utilizar de noche un camino alternativo en su camino a la planta de Valdemingómez, tras denunciar amenazas y agresiones.
 
Atropellos mortales
 
Hasta principios de año, cuando se abra un acceso definitivo, el servicio diurno sigue recorriendo esta parte de la Cañada Real, aunque escoltados por la Policía. Tampoco es la primera vez que se han producido atropellos mortales: los niños cruzan sin ningún reparo y la circulación es muy fluida.
 
Hace escasas semanas, también, la Policía Nacional detuvo allí a cuatro rumanos como presuntos autores del secuestro de dos menores en Manchester y, el pasado mes de agosto, recuerda Efe, la Guardia Civil desmanteló un desguace ilegal y detuvo a seis miembros de una misma familia acusadas de robar al menos un centenar de coches.
 
Por las mismas fechas, una niña rumana de 13 años tuvo que ser rescatada por la Policía tras permanecer 12 horas secuestrada en una de las chabolas por un matrimonio de compatriotas que pretendía casarla a la fuerza con uno de sus hijos, de 15 años. Toda una terrorífica pesadilla en un territorio olvidado de la Comunidad más puntera.
 

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