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Seguridad Ciudadana
Delincuentes extranjeros  han convertido a la Comunidad Balear en la más insegura de España

En los últimos años con la masiva llegada de ladrones extranjeros. «Antes -exponen- teníamos que estar pendientes de los diez o quince carteristas españoles conocidos de toda la vida, pero ahora puede haber un grupo de unos 150 foráneos, gente de países como Rumanía o Argelia, que son muy difíciles de controlar». Tan complicada es su vigilancia como prolijas sus actuaciones. Un grupo de norteafricanos fue capaz de dar 24 «palos» en Palma de Mallorca en poco más de 24 horas. Algunos de ellos ya han conseguido hacerse prácticamente con el monopolio de algunas actividades delictivas. La mayoría de los trileros, por ejemplo, ya no son españoles, sino rumanos. Y no es porque los nacionales hayan desistido por voluntad propia. «Se los han quitado del medio a base de palos».



 Llega el verano y con él los turistas a las Islas Baleares. Aunque los ingleses, alemanes o suecos ávidos de sol no son los únicos que desembarcan en gran número en el archipiélago. Siguiendo el rastro del dinero de los centroeuropeos, arriban también multitud de delincuentes de todas las calañas dispuestos a hacer su agosto. Y a fe que lo consiguen, según se desprende de los datos oficiales. El pasado año la tasa de delincuencia en Baleares se situó en 79,8 infracciones penales por cada mil habitantes, 30 puntos por encima de la media nacional y 39 de la europea, lo que ha convertido a las islas en la comunidad autónoma con las tasas más altas de España. Un auténtico paraíso para carteristas, trileros, descuideros...
 
Porque según explican fuentes policiales de las islas, son las faltas -los hurtos por una cuantía inferior a 400 euros y las sustracciones en locales y espacios abiertos- cometidas por estos delincuentes las que se están disparando. Y la razón de que esto sea así es bien sencilla: el alto poder adquisitivo de los visitantes extranjeros. «El turismo es lo que les atrae. De hecho, entre junio y septiembre los delitos se disparan». En esa época, cuando la densidad de población alcanza niveles similares a los de Japón al duplicarse el millón de residentes habituales de las islas, es cuando estos pequeños delincuentes hacen su mayor negocio. «En muchas ocasiones, vienen el fin de semana desde Málaga o Barcelona, actúan, y se vuelven», explican los consultados.

   Métodos diversos. Sus métodos son más que variados. «Están desde los descuideros que cuando llega un autobús a la puerta de un hotel enganchan la primera maleta que pillan y salen corriendo hasta los que controlan los vuelos para saber cuándo llegan los suecos, alemanes o daneses, que suelen ser los más adinerados y a los que resulta más rentable dar el “palo”», detallan los agentes.

   El problema, además, se ha agravado en los últimos años con la masiva llegada de ladrones extranjeros. «Antes -exponen- teníamos que estar pendientes de los diez o quince carteristas españoles conocidos de toda la vida, pero ahora puede haber un grupo de unos 150 foráneos, gente de países como Rumanía o Argelia, que son muy difíciles de controlar». Tan complicada es su vigilancia como prolijas sus actuaciones. Un grupo de norteafricanos fue capaz de dar 24 «palos» en Palma de Mallorca en poco más de 24 horas. Algunos de ellos ya han conseguido hacerse prácticamente con el monopolio de algunas actividades delictivas. La mayoría de los trileros, por ejemplo, ya no son españoles, sino rumanos. Y no es porque los nacionales hayan desistido por voluntad propia. «Se los han quitado del medio a base de palos», comentan.

   Además, han empezado también a dejarse caer por las islas carteristas más refinados, «finos», según los califican en el argot. «Son tipos por lo general oriundos de Europa del este que van siempre muy bien vestidos, siempre muy educados, que se mueven en tiendas de lujo para hacerse con botines más suculentos», dicen los agentes.

   La situación está alcanzando unos niveles muy preocupantes, según reconoce el director general de Interior del Gobierno balear, Joan Rotger. «Es un problema que afecta al turismo, porque aunque los delitos cometidos no sean de una cuantía importante, deterioran a la imagen de las islas». Y para un territorio que vive por y para el turismo es intolerable.

   Solucionarlo, sin embargo, no es tarea sencilla. «Necesitaríamos tener a cuarenta o cincuenta agentes de paisano patrullando constantemente por los lugares conflictivos, pero la plantilla no da para más», explica un veterano agente. En este momento, el Cuerpo Nacional de Policía cuenta con algo más de 1.300 agentes en las Baleares, a los que hay que sumar otros 1.600 guardias civiles. Suficientes para dar servicio a 750.000 habitantes, los que tenían las islas en 2000, cuando se determinó que tal cantidad era la idónea para este comunidad, pero no para el millón actual. «Y eso, sin tener en cuenta los turistas», añade este agente.

   Tampoco ayuda en este caso la laxitud del Código Penal español. «En Palma se está empezando a encausar a las “claveleras” -mujeres de etnia gitana que actúan en grupos para despistar a los transeúntes mientras otras les roban- por asociación ilícita, lo que está permitiendo su entrada en prisión. Pero en general, con los delitos de los que hablamos, lo normal es que un día entren por una puerta de la comisaría y al siguiente salgan por la otra. Y como en otros países como Italia o Francia las penas son más duras, pues imagínate...».

   Crimen organizado. Por fortuna para los Baleares, la gran delincuencia, de momento, no ha aparecido en el archipiélago. «Robos a casas o bancos hay, como en cualquier sitio, pero no con la frecuencia y violencia con que se han registrado en Cataluña o Levante», explica la Policía. La razón de esta ausencia de delitos hay que buscarla en la insularidad del territorio. «Que una banda de este tipo entrase en las islas no sería complicado, podrían llegar igual que van a cualquier sitio. Lo difícil es qué harían después de perpetrar el robo», prosigue. Dos son los inconvenientes con los que chocarían: el primero, esconderse en un territorio tan pequeño como el de Mallorca, Menorca o Ibiza. Y el segundo, pero no menos importante, cómo podrían eludir el exhaustivo control de los puertos y aeropuertos.
 

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