Artículos: Las principales ciudades europeas son hoy las capitales del integrismo islámico
Islam
El barrio de Londonistán en la capital británica es el centro del extremismo islámico en Occidente, pero no es el único.
 
El profesor de la Universidad de Pensilvania Marc Sageman, en su libro Understanding terror networks (Comprender las redes terroristas), realiza un análisis psicológico de 400 terroristas de Al Qaeda detenidos en todo el mundo y los resultados son sorprendentes.

«La mitad de los radicales de mi muestra procede de nueve mezquitas, de las que sólo una, la de al-Seqley, está en un país musulmán, concretamente en Arabia Saudí». Las otras nueve son de una proximidad aterradora: Abu Bakr en Madrid; Al Quds en Hamburgo; al- Dawah en Roubaix (Francia); Asunna Annawibiyah en Montreal; el Centro Cultural Islámico en Milán; y al Faruq, Finsbury Park y Baker Street.
 
Gracias a una generosa política de asilos, Londres se ha convertido en la sede de, al menos, una docena de movimientos extremistas. Entre ellos, Hizb-u- Tahrir (Partido de la Liberación), que propugna la creación un Califato en Asia Central. Se diferencia de Al Qaeda en que quiere lograrlo sólo por métodos pacíficos. O AI-Mujahiroun (Emigrantes religiosos), que reclama que los musulmanes se trasladen a vivir a un país verdaderamente islámico. Pero dado que, según su punto de vista, desde la caída de los talibanes ya no hay países realmente islámicos, consideran necesario convertir a los infieles al Islam.


Finsbury Park es un barrio de clase media como cualquier otro de la zona centro-norte de Londres. Las casas son, sobre todo, las típicas viviendas unifamiliares victorianas, aunque en los últimos tiempos la inmensa burbuja inmobiliaria que vive la capital británica ha hecho que muchas hayan sido remozadas. Ahora viven en ellas profesionales que trabajan en el sector financiero en la City y que no pueden permitirse los precios exorbitantes del vecino barrio de Islington, una típica zona de la izquierda exquisita, con sus restaurantes macrobióticos y sus gimnasios. Allí vivió Tony Blair hasta que se mudó a Downing Street.
 
El vecindario de Finsbury Park es el típico de Londres, y un paseo por la zona explica por qué la capital británica es la ciudad con mayor número de nacionalidades del mundo, por delante incluso de Nueva York. Hay yuppies -nativos, europeos y estadounidenses- y descendientes de los inmigrantes españoles, portugueses e italianos que llegaron en los sesenta. Hay gente del Caribe también. Los irlandeses, antes mayoritarios en Finsbury Park, han abandonado la zona y su hueco lo han aprovechado los musulmanes. Aunque el flujo migratorio continúa, muchos de ellos han nacido en el Reino Unido.

Así que Finsbury Park no tiene nada espectacular. Para muchos londinenses, este barrio, que arranca justo al norte del estadio de fútbol del Arsenal, es conocido como Bangladesh, por la presencia de inmigrantes de ese país. Pero en los últimos años, se está extendiendo otra denominación, sobre todo en la prensa: Londonistán.Y su significado es más siniestro. Quiere decir que Finsbury Park es uno de los centros de la comunidad radical musulmana en Londres. Porque la capital británica es el centro del extremismo islámico en Occidente. Y, en cierto sentido, en el mundo. Tal vez los atentados del jueves, que el viernes ya habían causado al menos 50 muertos según cifras oficiales, sean la mejor muestra de ello.
 
Gracias a una generosa política de asilos, Londres se ha convertido en la sede de, al menos, una docena de movimientos extremistas.Entre ellos, Hizb-u-Tahrir (Partido de la Liberación), que propugna la creación un Califato en Asia Central. Se diferencia de Al Qaeda en que quiere lograrlo sólo por métodos pacíficos. O Al-Mujahiroun (Emigrantes religiosos), que reclama que los musulmanes se trasladen a vivir a un país verdaderamente islámico. Pero dado que, según su punto de vista, desde la caída de los talibanes ya no hay países realmente islámicos, consideran necesario convertir a los infieles al Islam.
 
Londonistán es amplio. Ocupa muchas áreas. Algunas, muy céntricas.Ése es el caso de la Gran Mezquita de Londres, situada en Baker Street, cerca del metro de Sepherd's Bush, junto a Regent's Park.«Me tuve que ir de Shepherd's Bush porque no aguantaba lo que me decían por la calle cuando me los cruzaba. Para ellos, si no vas con la cabeza tapada eres peor que una prostituta», recordaba el jueves Emily, una británica que ahora vive en Washington.
 
Pero Londres no es el único sitio donde uno puede convivir con el fundamentalismo sin necesidad de irse a Faluya. En la mezquita de Milán, por ejemplo, se rezó por Bin Laden hasta el 11-S. Otra opción es desplazarse a EEUU. Si el turista que visita Nueva York atraviesa el mítico puente que cruza el río Hudson y se adentra un poco en Brooklyn, sentirá de pronto que ha cruzado a una especie de pequeño Oriente Medio.
 
En pleno centro de Brooklyn, alrededor de la Avenida del Atlántico, no hay judíos como los que inspiraban las primeras películas de Woody Allen. En su lugar, hay tiendas que venden chadores y velos de colores, carnicerías especializadas en la venta de comida halal -es decir, aceptable por musulmanes- y cafeterías en cuya puerta están sentados, charlando, hombres con barba y turbante. En una gasolinera de Exxon ondea una bandera estadounidense y otra iraquí.
Un poco más hacia el sur, en Court Street, el corazón italo-americano de Brooklyn y otra zona de clase media y media-alta, se ha instalado una aerolínea árabe, cuya oficina, siempre vacía, está atendida por una circunspecta egipcia que no suele decir una palabra si su jefe no está delante. Inmobiliarias, empresas de taxis y la tienda de música norteafricana de Rashid, un personaje manifiestamente hostil con las mujeres blancas.
 
Como Finsbury Park, Court Street está junto a Brooklyn Heights, el barrio más caro y blanco de Brooklyn. Aún más al Sur se encuentra Sunset Park, con su colegio Al-Noor («La Luz», por el capítulo del Corán que incluye el código de vestimenta para las mujeres), con más de 600 estudiantes, y dos edificios totalmente separados: uno para chicas y otro para chicos.
 
Finsbury, Atlantic Avenue y Court Street son exponentes de las comunidades musulmanas en Occidente. Y, en concreto, del modelo de sociedad llamado multiculturalista, típico de los países anglosajones.Al contrario del vigente en Europa continental, no trata de integrar a los inmigrantes. Aquí, cada uno hace su vida.
 
Sin embargo, estas comunidades son también el punto de origen del fundamentalismo islámico más feroz. Hoy, la capital mundial del radicalismo islámico no es Yedá, en Arabia Saudí, ni Karachi, en Pakistán. Es Londres. Ya en los años ochenta, Al Qaeda nació en dos lugares: en Peshawar -en los territorios tribales fronterizos de Pakistán y Afganistán- y en Atlantic Avenue. De hecho, la Oficina de Servicios, creada por Osama Bin Laden entonces, y que después dio lugar a Al Qaeda, empezó con dos sucursales: una en Peshawar y otra en Brooklyn.
 
ANALISIS PSICOLOGICO

Si alguien ha estudiado este fenómeno es el profesor de la Universidad de Pensilvania Marc Sageman, un curioso personaje que tiene el extraño honor de ser un francés que ha trabajado para la CIA.En su libro Understanding terror networks (Comprender las redes terroristas), realiza un análisis psicológico de 400 terroristas de Al Qaeda detenidos en todo el mundo. Y los resultados son sorprendentes. «La mitad de los radicales de mi muestra procede de nueve mezquitas, de las que sólo una, la de al-Seqley, está en un país musulmán, concretamente en Arabia Saudí», explica a CRONICA. Las otras nueve son de una proximidad aterradora: Abu Bakr en Madrid; Al Quds en Hamburgo; al-Dawah en Roubaix (Francia); Asunna Annawibiyah en Montreal; el Centro Cultural Islámico en Milán; y al Faruq, Finsbury Park y Baker Street.

Así que, cuando el ex presidente del Gobierno José María Aznar declaró en la Comisión de Investigación del 11-M que los responsables últimos de la masacre no estaban «en lejanos desiertos ni en montañas», tal vez estuviera en lo cierto, aunque no por la sutil alusión a ETA. El fundamentalismo es un fenómeno mundial, que brota en todas partes. Y, sobre todo, en Occidente.

Olvidémonos de las madrasas, las famosas escuelas ultrafundamentalistas de Pakistán. Los terroristas islámicos pueden estar sentados ahora mismo en cualquier universidad occidental. Petwer Bergen y Swati Pandei, del think-tank New America Foundation, han llevado a cabo un estudio sobre el nivel educativo de 75 terroristas, entre ellos los autores del 11-S y los 12 que en 1993 pusieron un camión bomba en el sótano del World Trade Center. Su conclusión, publicada en The New York Times, es clara: «Los terroristas parecen haber tenido una educación, tan buena como cualquier americano».

Otros expertos, como Sageman, creen que esta generación de terroristas ilustrados está siendo reemplazada. «Tras la invasión de Afganistán, Al Qaeda ha estallado. Las viejas pautas se han roto. Hoy, los atentados siguen el esquema de los de Casablanca (Marruecos), en mayo de 2003, en los que murieron 41 personas [tres de ellos españoles].

Fue un atentado improvisado, llevado a cabo por gente de nivel cultural bajísimo. Madrid siguió una pauta similar, con una combinación de universitarios y de pequeños delincuentes», declara Sageman.


En principio, el atentado de Londres del jueves es un calco de éstos, y no sería extraño que lo hubieran llevado a cabo habitantes de los barrios del norte de Finsbury Park. Es decir, personas de escaso nivel educativo y económico. Todo un cambio en un movimiento cuyo máximo exponente, Al Qaeda, tiene un elitismo formidable.

Para Sageman, esto demuestra que el movimiento integrista «es más como una hinchada de fútbol, donde hay gente que comete actos vandálicos mientras otros los apoyan y algunos simpatizan con ellos, que una red terrorista organizada. Así, Bin Laden queda reducido a poco más que una figura decorativa».

En su casa de Virginia, rodeado de libros de historia -«la literatura no me atrae mucho»- Mike Scheuer, ex jefe de la unidad especializada en Bin Laden de la CIA a finales de los noventa, coincide en esa visión. «Después del 11-S, golpeamos con tal fuerza Al Qaeda que la red se desintegró. Ahora son grupúsculos aislados, sin relación con Bin Laden, formados por nuevos adeptos, quienes llevan a cabo los atentados. Nuestra incapacidad para comprender sus motivaciones nos ha llevado a cometer errores brutales en Oriente Medio y eso ha revitalizado al movimiento».

Pero el frente de batalla de los integristas no está en EEUU, sino en Europa. Los aproximadamente 15 millones de musulmanes europeos están creando muchos más problemas que los cinco millones de correligionarios que viven en EEUU.

LAS MEDIDAS FRANCESAS

Francia, que cuenta con entre cuatro y seis millones de musulmanes, ha tratado de asimilarlos por medio de medidas como la prohibición del velo en las escuelas pero no por ello ha dejado de tener problemas. Dos profesores de educación básica, por ejemplo, publicaron en 2.000 Los territorios perdidos de la República, donde cuentan cómo en muchas escuelas no se atreven a explicar el Holocausto por temor a la reacción de los alumnos musulmanes.

En el otro extremo, Gran Bretaña (unos dos millones de musulmanes) y Países Bajos han ensayado el multiculturalismo. Los resultados de esa política ya han quedado a la vista en Londres, y los Países Bajos también tuvieron su dosis de extremismo el año pasado, con el asesinato del director de cine Theo Van Gogh por burlarse del Islam en una película.

Sí es cierto que existen comunidades más problemáticas que otras.En Gran Bretaña, donde el grueso de la población musulmana viene de Pakistán, la policía ha arrestado a más de 200 personas desde el 11-S. «En países como Holanda y Alemania, la comunidad turca nunca da problemas, en parte porque vive en una sociedad paralela. Pero los marroquíes tienden a ser mucho más conflictivos», explica Omer Taspinar, investigador del think-tank The Brookings Institution y turco de nacimiento.

De hecho, los atentados de Madrid y de Londres son incluso similares desde un punto de vista táctico a los ataques contra las infraestructuras de transporte que llevaba a cabo la guerrilla integrista argelina durante la guerra civil de ese país. También lo son en la renuncia a protagonizar acciones suicidas salvo que sea necesario. La profesora de la Universidad de Chicago Mia Bloom señala en su libro Dying to Kill (Morir para matar) que los atentados suicidas son mas frecuentes en conflictos en los que una comunidad -musulmana o no- lucha contra una ocupación extranjera, como en Irak, Palestina o Sri Lanka. De ser así, es lógico que los terroristas de Londres, al igual que los de Madrid, traten de estar vivos el mayor tiempo posible.


Esa continuidad es nueva. En los noventa, los integristas intentaron trasladar a Francia su guerra civil y fracasaron en gran medida por el rechazo de la comunidad argelina emigrada. Pero ahora, el llamamiento a la guerra santa tiene mucho más eco. ¿Por qué? «Hay cuatro motivos para abrazar el wahhabismo [la interpretación ultraestricta del Islam vigente en Arabia Saudí y a la que pertenecen todos los terroristas islámicos].

Uno es el dinero. Otro, el aura de respetabilidad que da. El tercero, porque es la mejor forma de ir contra el sistema, de ser un rebelde. Y, finalmente, porque hay algo moderno en todo ello», afirma Charles Fairbanks, profesor de la Universidad Johns Hopkins y uno de los arquitectos del bombardeo estadounidense a Libia en 1986.

Muchps, como Fairbanks, cree que el movimiento integrista es «moderno». Está formado por gente conectada a través de Internet que persigue crear un mundo nuevo, una verdadera sociedad global.«Entran en contacto unos con otros porque se sienten alienados en las sociedades de las que deberían formar parte. En realidad, no pertenecen ni al mundo tradicional ni al de sus países de adopción, y eso les puede llevar a desarrollar fuertes vínculos de amistad que se refuerzan con un sentido de 'causa común'», dice Sageman.

Como explica el islamista francés Olivier Roy en su libro Globalized Islam (Islam globalizado), el movimiento radical musulmán está formado por expatriados que viven en una sociedad que mezcla la tradición musulmana y la modernidad. Eso permite fenómenos como el de los musulmanes renacidos, jóvenes que abrazan el integrismo después de haber llevado a cabo una vida occidental.Mientras, las mezquitas radicales de Londres, Nueva York y Madrid siguen animando a la guerra santa y, a medida que sus líderes son encarcelados, otros se suman a la causa. La guerra del Islam en Occidente no ha terminado.

 

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