Artículos: Entra en vigor el Protocolo de Kioto
Ecología
En 1988, James Hansen, un científico de la NASA, declaró ante el congreso de los EEUU que existía una relación causa-efecto entre la emisión de ciertos gases a la atmósfera y el incremento de temperatura que registraba el planeta. Desde entonces climatólogos y biólogos han constatado que los seis gases a los que se refería Hansen, denominados de efecto invernadero (GEI), son los responsables del adelgazamiento de la capa de ozono y del calentamiento del clima.
 

El pasado 16 de febrero entró en vigor el Protocolo de Kioto, que obligará al control de las emisiones de gases de efecto invernadero. Este protocolo es la culminación de varios años de contactos previos de numerosos países y de continuos avisos del mundo de la ciencia de que algo había que hacer para parar el cambio climático.



El CO2, y otros gases en menor medida, se acumulan en la atmósfera. En la historia, la concentración de CO2 en la atmósfera ha variado entre 200 y 300 partes por millón (ppm). Actualmente está en 370 ppm. Las primeras previsiones calcularon que en 2050 la concentración llegaría a las 550 ppm.
 
La atmósfera contiene pequeñas proporciones de ciertos gases que son casi transparentes para la radiación solar, pero casi opacos para la radiación infrarroja que emite la superficie terrestre de vuelta al espacio. Así la atmósfera absorbe calor que sale de la Tierra y lo envía de vuelta a la superficie. Es lo que conocemos como efecto invernadero y es lo que está haciendo que se caliente la temperatura en la superficie de la tierra.
 
Para intentar evitar el desastre, los países más industrializados firmaron en 1997 el Protocolo de Kioto, un documento por el que se comprometen a reducir la emisión de GEI en un 5,2 % antes de 2012. Para que el acuerdo entrara en vigor en la fecha prevista, el 16 de febrero de 2005, eran necesarios dos requisitos: su refrendo por un número de naciones que entre todas sumaran el 55 % de las emisiones de GEI de 1990. Eso no se produjo hasta el 22 de octubre del año pasado, cuando Rusia lo ratificó. EEUU (con un 36,1 por ciento de las emisiones en 1990), China y Australia siguen sin firmarlo.
 
¿Qué es lo que nos espera sino logramos invertir la tendencia del calentamiento del planeta? Decenas de expertos de todo el mundo se reunieron en Pekín en octubre de 2004 para poner en común todas las conclusiones a las que habían llegado por separado. Su primera conclusión fue que la temperatura media global de la superficie del planeta ha subido más de 0,7 grados desde el comienzo de la era industrial. No hay precedentes de un cambio global tan rápido en el clima terrestre en al menos los últimos 10000 años. Pero esto no es más que el principio. Cuando acabe este siglo, el mundo será entre 1,4 y 5,8 grados más caliente que en el periodo 1960-1990.
 
Según los expertos reunidos en Pekín, en un mundo 2,5 grados más cálido que el de la era preindustrial ya sería posible la fusión total del hielo marino de la Antártida occidental, lo que implicaría una subida del nivel del mar de entre cuatro a seis metros (que se manifestaría a lo largo de varios siglos). En cuanto a Groenlandia, su deshielo tiene un límite parecido: podría producirse con un aumento de entre 2,4 y 5,2 grados. La consecuencia en este caso sería una elevación del nivel del mar de 30 cm cada siglo durante un milenio entero.
 
Otro efecto de la acumulación de GEI será la alteración de las corrientes marinas. Las corrientes recorren el planeta distribuyendo el calor. Su funcionamiento depende de un equilibrio entre masas de agua fría y cálida: si en el norte del globo el agua no se enfría lo suficiente, el ciclo corre el riesgo de interrumpirse. La corriente del golfo, responsable de la suavidad de los inviernos europeos, podría verse interrumpida. Según el informe de Pekín, “no puede descartarse una interrupción total de la corriente del Golfo si la temperatura media sube de uno a tres grados”. Esto traería consigo inviernos mucho más fríos en Europa y que la agricultura y la pesca de la India, África y América Latina se vieran seriamente afectadas.
 
Sequías y hambrunas serán otras de las consecuencias del cambio climático. En China las cosechas de arroz podrían reducirse entre un 10% y un 20%. En el Magreb, todas las simulaciones prevén un recorte muy importante en las lluvias hacia 2050 para un calentamiento de 1,8 a 2,6 grados.
 
En cuanto a España los resultados de una decena de modelos regionales europeos, que realizan proyecciones de clima futuro, apuntan a que tendremos veranos más calurosos y menos lluvias, especialmente en primavera y verano.
 
El catedrático de Física de la Atmósfera de la Universidad de Castilla-La Mancha y experto en cambio climático, Manuel de Castro, explica cuales han sido los resultados  de los modelos climáticos planteados por su grupo de investigación. “Los modelos climáticos nos dan un aumento de la temperatura media de hasta siete grados en verano para el interior de la Península en el último tercio de siglo. En invierno el aumento de la temperatura sería entre dos y tres grados menor”. Predecir la evolución de las lluvias es algo más difícil. “Los modelos varían, pero en general se puede hablar de una disminución de la precipitación, que en verano puede ser de más del 50 % hacia finales de siglo. En primavera también disminuirán las precipitaciones y esto es más importante en la estación que concentra las lluvias anuales de España”, afirma de Castro.
 
Viendo todo esto no es de extrañar que España haya mostrado siempre gran interés por sacar adelante el Prtocolo de Kioto. Antes de su entrada en vigor el Gobierno se puso en contacto con casi un millar de instalaciones emisoras de GEI y les asignó unos derechos de emisión. Si lo sobrepasan, tendrán que pagar en forma de compra de derechos de emisión a un precio aún desconocido. Pese a los problemas de adaptación, las industrias cumplirán con el objetivo, según el secretario general para la Prevención del Cambio Climático, Arturo Gonzalo Aizpiri.
 
El problema es que la industria es responsable de un 40 % de las emisiones. El resto son los “sectores difusos”, principalmente transporte y vivienda. Una casa nueva en España consume un 40 % más de energía que en Francia, según el Ministerio de Medio Ambiente. Para reducir el consumo, el Gobierno prepara desde hace cinco años un nuevo Código Técnico de la Edificación, la norma que dice cuánto deben aislar muros, ventanas y suelos en las casas. Tardar la friolera de cinco años en preparar ese Código sólo puede responder al poco empeño que suelen poner los gobiernos en limitar de alguna forma a las constructoras, dados los enormes ingresos que obtienen los ayuntamientos vía licencias municipales, amén de las buenas relaciones que suele tener la clase política con los consejos de administración de las grandes constructoras. Nada podrá hacerse en todo caso con los últimos años en los que se ha construido muchísimo. Sólo en 2004 se iniciaron 675000 viviendas.
 
 
Aún siendo una muy buena iniciativa, el Protocolo de Kioto tiene un pero. Dependiendo de cual sea el importe de las multas por superar las cuotas de emisión, puede que a alguna industria le interese más seguir contaminando y pagar la multa que poner los medios para reducir sus emisiones de CO2. Para evitar esto habría que cambiar ciertos planteamientos de base como el de “el que contamina paga” y sustituirlo por el de “el que contamina paga y además deja de contaminar”. En todo caso el primer paso hacia un mundo más habitable ya se ha dado. Todos, políticos, empresarios y ciudadanos de a pie tendremos que poner nuestro grano de arena si queremos llevar adelante este reto.
 

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