De la prensa: Inmigración , el problema de fondo
Inmigración

Reproducimos un interesante artículo de El Semanal Digital

Una sociedad, toda sociedad, funciona sobre la base de un cierto grado de homogeneidad: en la cultura, en la religión, en las costumbres, en los valores... No es una cuestión de racismos o de xenofobias, como demagógicamente se predica desde las tribunas de la opinión oficial. Sencillamente, las normas de convivencia reposan sobre convicciones previas y éstas descansan, a su vez, en una tradición cultural. Los ordenamientos jurídicos no hacen sino dotar de estabilidad normativa a una idea previa de lo justo. Tal idea se expresa como un consenso social automático, espontáneo, sobre cuestiones elementales como la propiedad, el matrimonio, la violencia, la protección de la infancia, etc



Inmigración: el problema de fondo

14 de febrero.  Una sociedad, toda sociedad, funciona sobre la base de un cierto grado de homogeneidad: en la cultura, en la religión, en las costumbres, en los valores... No es una cuestión de racismos o de xenofobias, como demagógicamente se predica desde las tribunas de la opinión oficial. Sencillamente, las normas de convivencia reposan sobre convicciones previas y éstas descansan, a su vez, en una tradición cultural. Los ordenamientos jurídicos no hacen sino dotar de estabilidad normativa a una idea previa de lo justo. Tal idea se expresa como un consenso social automático, espontáneo, sobre cuestiones elementales como la propiedad, el matrimonio, la violencia, la protección de la infancia, etc. Y todo eso es el producto destilado de una tradición cultural, es decir, de cómo se despliega en la historia una forma específica de vivir juntos.

Cuando a ese paisaje social y cultural se añade un elemento humano nuevo, nuevas gentes, con otras culturas específicas, las tensiones son inevitables. La historia nos ofrece ejemplos muy variados, desde invasiones agresivas que laminan la cultura de la poblaciones sometidas hasta filtraciones paulatinas en las que los elementos nuevos son literalmente digeridos por las sociedades de acogida. En todo caso, la homogeneidad de los valores sociales tiende a ser una constante; es un valor en sí, porque resulta imprescindible para organizar la vida individual y colectiva.

¿Qué ocurre cuando a una sociedad determinada llegan, en un plazo breve –tres, cinco, ocho años–, cientos de miles, millones de personas nuevas, con otras tradiciones culturales, con otras formas de entender la vida? No lo sabemos: nunca antes había ocurrido. Pero parece lógico esperar que el equilibrio social se resienta, porque ninguna sociedad es capaz de digerir, de asimilar tanta heterogeneidad en tan poco tiempo. Las experiencias más cercanas que conocemos –por ejemplo, en Francia o en Gran Bretaña– hablan de conflictos permanentes, y ello sin perder de vista que en esos países el proceso ha sido más largo y lento que el que se nos avecina en España. El origen de tales tensiones no está en la maldad congénita de la gente, en el egoísmo de la sociedad de acogida (el 'racismo', la 'xenofobia'), sino en otro factor mucho más duro de roer: los hombres, para vivir juntos, necesitan saber quiénes son y dónde están, y conforme a esos criterios gobiernan su vida. Pero si la homogeneidad relativa de los valores sociales se disuelve por efecto de una súbita irrupción masiva de otros valores, entonces las certidumbres desaparecen. Lo cual no justifica moralmente las reacciones exasperadas, pero sí las explica sociológicamente. Y ningún gobernante responsable debería cerrar los ojos a esta realidad.

¿Estamos condenados a repetir los errores que otros han cometido antes que nosotros y que ahora empiezan difícilmente a rectificar?

 

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