Artículos: Bandas de pandilleros importadas y se implantan también en Barcelona
Inmigración

Al principio eran peleas entre jóvenes. Después fueron asesinatos. En España, la Policía ha dado la voz de alarma sobre las nuevas bandas juveniles latinoamericanas. Esta es la situación en Barcelona.



En febrero de este año, los Mossos d’Esquadra de Barcelona, un cuerpo policial regional, encontraron una pequeña y extraña pintada en la pared interior de la estación Universidad, de la línea 2 del metro. En el transitado subsuelo, a sólo una cuadra de la emblemática plaza Cataluña, en el corazón de Barcelona, alguien había escrito: “Arriba la MS”.

Los signos eran poco conocidos por la Policía, que tuvo que recurrir a internet para confirmar lo que a este lado del Atlántico es de dominio público: que eran propios de la mara Salvatucha.

En las mismas fechas, otros grafitos similares, más grandes, aparecieron dibujados en los alrededores del distrito de Ciutat Vella, en el centro histórico de la ciudad, donde el 17 por ciento de la población es extranjera. Una orden policial facilitó que las pintadas se borraran de inmediato, pero la voz de alarma sobre la existencia de este grupo se encendió inmediatamente por los barrios marginales de Barcelona.

Las investigaciones de los últimos meses han dado escasos pero valiosos frutos. A través de la red informática y de contactos informales con asociaciones dedicadas a tratar la violencia juvenil y el fenómeno de las pandillas, los Mossos d’Esquadra han recabado información en Estados Unidos y diversos países de Centroamérica para conocer de forma extraoficial el contexto y las características de la mara Salvatrucha.

A la luz de los resultados de las pesquisas, la Policía dice tener la certeza de que en Barcelona hay integrantes de esta mara, aunque asegura que todavía no tienen una organización estable. “Sabemos que son miembros de mara, pero que no se han hecho visibles”, afirma el jefe del Área Central de Análisis y Estrategia de los Mossos d’Esquadra, Lluís Paradell.

A muchos kilómetros de él, “el Largo”, uno de los líderes de la MS en el centro de San Salvador, destila orgullo: “En varios países hay ‘homeboys’ de la mara Salvatrucha, eso no es extraño. En España sí hay, de que hay allá, hay”, afirma con seguridad.

La pregunta inevitable, entonces, es ¿cómo llegaron a la capital catalana? Y la respuesta apenas está medio dibujada.

Hace tres años, la inmigración de salvadoreños hacia España comenzó a cambiar de rostro. Lo que durante varias décadas había sido una selectiva puerta académica, reservada a becarios y estudiantes, empezó a mezclarse con la escasa pero sistemática llegada de personas de escasos recursos que emigraban a Europa buscando un futuro mejor. El cónsul honorario de El Salvador en Barcelona, Benito Llort, asegura que se trata, por lo general, de personas trabajadoras que pese a su estatus migratorio ilegal han sido contratadas como empleadas de servicio doméstico ellas y como albañiles ellos.

De acuerdo con fuentes oficiales, estas familias han comenzado a tratar de traer a sus hijos a España. Numerosos salvadoreños llegan a los consulados pidiendo cartas que avalen su residencia en la península para que les sirvan de carta de invitación para los más jóvenes. Algunos, incluso, no han ocultado frente a las autoridades consulares que sacan a sus hijos de El Salvador con el objetivo principal de alejarlos de las maras.

“A mí me confesaba una madre que se traía a su hija porque su situación allí era imposible con lo de las maras”, comparte una inmigrante salvadoreña que prefiere el anonimato. Es posible que sea ésta la vía de la “importación” de la mara Salvatrucha al noreste España, aunque la Policía todavía no tiene pistas concretas.

Latin Kings y las Ñetas

En Barcelona, como en el resto de España, conviven desde los años 80 los que sociólogos califican como “tribus urbanas”, grupos de jóvenes que por su manera de vestir, gusto musical o una cierta ideología se unen y asocian naturalmente. No se les vincula necesariamente con acciones violentas, aunque hay grupos como los denominados “skins”, de marcada ideología neonazi, a quienes se atribuyen sistemáticas agresiones a inmigrantes. En la ciudad condal existen más de 10 cuadrillas de “skins”, según el registro policial.

En este contexto, el aumento progresivo de la inmigración ha originado también la aparición de bandas juveniles violentas de origen latinoamericano.

Los primeros jóvenes latinoamericanos que en Barcelona decían formar parte de pandillas se agruparon en dos bandos: Latin Kings (los reyes latinos, de origen estadounidense) y Las Ñetas ( de origen portorriqueño) aparecieron en 2002.

De aquellos días, en los registros policiales, apenas se detalla algún incidente menor. La Guardia urbana, un cuerpo de policía local, reportó que, en un instituto, un alumno había insinuado a otro que se incorporara a los Latin Kings. Sólo indicios.

Durante más de un año, la mayoría de delitos y crímenes cometidos por latinos, fueran éstos o no pertenecientes a pandillas, se registraron sin embargo como delincuencia común. Hasta que el 28 de octubre de 2003 un colectivo de esta misma banda asesinó al joven colombiano Rony Tapies a las afueras de un instituto, tras confundirlo como miembro de su banda rival. El suceso despertó una inquietud que había permanecido latente en la sociedad catalana, y generó cierta atención mediática.

Para los detenidos, que no alcanzaban los 18 años, la jueza de menores Sagrario Guitart dictaminó la pena máxima contemplada para a un menor: ocho años de internamiento y cuatro de libertad vigilada. Y en su sentencia hizo una amplia referencia al problema de las bandas juveniles. “Es un fenómeno más extenso que la simple violencia callejera”, concluyó la letrada, que con su afirmación daba oficialmente la voz de alarma respecto al creciente fenómeno.

La Salvatrucha

Uno de los últimos casos de crímenes relacionados con bandas juveniles en Barcelona sucedió en Rubí, una población ubicada a 15 kilómetros de la capital. Una ciudad dormitorio de renta media que ha recibido mucha inmigración árabe y latinoamericana.

Un grupo de jóvenes, entre ellos dos salvadoreños, se han visto involucrados en el asesinato de un joven marroquí. Uno de ellos está en la cárcel.

El vocero del gabinete de prensa de la Policía relata que recibieron una llamada por teléfono cerca de la una de la mañana del 14 de marzo. Unos vecinos advertían que en la parada de taxis de la plaza Pearson había un cadáver. La víctima era Ali M. Había recibido ocho puñaladas y presentaba las huellas de varios golpes. Los peritos no tardaron en determinar que en el asesinato habían participado varias personas.

Doce jóvenes latinos fueron detenidos en la semana que siguió al crimen. Cuatro mujeres y siete varones, dos de ellos menores. Entre ellos había ecuatorianos, españoles y salvadoreños.

Desde entonces, Nilson L., un inmigrante salvadoreño de 26 años, está en la prisión Modelo de Barcelona. También su compañera de vida, Karla J., fue detenida, pero la pusieron en en libertad condicional tras escuchar sus declaraciones.

“Íbamos con mi compañera... Ella y sus amigas salieron corriendo, porque ella estaba embarazada. Y yo me fui con ellas”, cuenta Nilson, acercándose lo más posible al vidrio de la cabina a través de la cual le permiten conversar con los visitantes. Asegura que no tiene nada que ver con lo sucedido, que es inocente, que no vio nada.

Mientras él se descarga, una de las principales hipótesis policiales sobre las causas del homicidio que le imputan es que los jóvenes eran miembros de una banda juvenil y que el joven marroquí formaba parte de otra banda rival, que días antes había agredido a un ecuatoriano vinculado a la primera.

El resto de implicados también niegan ser integrantes de bandas y aseguran que estaban esperando en la plaza para ir juntos a una discoteca cuando algunos marroquíes les increparon. Los vecinos relatan cómo esa noche, el mismo día de las elecciones generales en España, escucharon gritos y “muchas carreras”.

La municipalidad de Rubí mantiene, en ese sentido, la hipótesis de que se trata de un episodio más de lo que consideran una guerra entre bandas, pues ambos grupos étnicos se disputan desde hace tiempo el control de espacios públicos, como la estación de trenes. La consejera de Interior del gobierno autónomo catalán, Montserrat Tura, ratifica que son bandas juveniles “que se agrupan por su origen”.

Nilson insiste en que no pertenece a ninguna banda juvenil (ver entrevista). Admite, eso sí, conocer a miembros de Las Ñetas e incluso sabe —aunque habla del tema con aparente despiste— de la existencia de la mara Salvatrucha en Barcelona: “Aquí hay chicos que son ecuatorianos, que pertenecen a una banda, y sólo porque soy salvadoreño me dicen salvatrucho. Muchos de ellos han estado en Estados Unidos, y me han dicho que la mara Salvatrucha también está organizada aquí”.

La raza se despierta

La Policía española se resiste todavía a hablar de un problema social y dice que “lo que sí hay son embriones de grupos de jóvenes que se identifican con este tipo de bandas”, en palabras de Lluís Paradell. Hasta el momento, el cálculo realizado por las autoridades apunta a que hay alrededor de 400 jóvenes que, en mayor o menor medida, se relacionan con estos grupos o se consideran miembros de bandas.

Siempre según los datos recabados por la Policía, algunos de los pandilleros organizados en Barcelona han ejercido militancia en su país de origen, aunque otros se han integrado a las bandas una vez en España, y desconocen el significado o la dimensión de estos grupos en Centroamérica.

No son un círculo cerrado. Sus nacionalidades varían y se sabe de pandilleros ecuatorianos, dominicanos o colombianos, entre otros.

Las denuncias sobre implicaciones en hurtos y robos señalan, cada vez más, a estos grupos. “No hay que alarmarse, pero sí estar alerta”, sostiene un vocero de la Policía, pese a los brotes de violencia se han reportado en diferentes distritos de Barcelona como L’hospitalet, Premià de Mar, Terrassa, Castellar del Vallès i Sabadell, entre otras.

Los cuerpos policiales también se resisten a asociar la estética hip hop o rap con los miembros de las bandas. Dicen que si se aplica ese criterio “se termina estigmatizando a todos los jóvenes”. Tampoco quieren asociar la inmigración con inseguridad ciudadana. “No tiene que ver que uno sea inmigrante para que sea delincuente”, enfatiza el jefe policial. Las autoridades españolas se mueven con prudencia en el delgado límite que separa el señalamiento de la discriminación.

Lo que sí aseguran los cuerpos policiales es que la respuesta que encontrarán los grupos será muy distinta a los de los países de origen. La ley en España es garantista, y no se puede detener a nadie por su aspecto físico. “Algún tipo de actitud de desafío, que quizás en su país se podría ver como una provocación, aquí no lo es”, asegura.

Entre pasillos, los responsables de afrontar el problema confiesan que no saben si este fenómeno social se desarrollará a mayor escala o si será una moda pasajera. No quieren que la realidad salvadoreña, por poner un caso, condicione su actuación. Mientras, la Policía barcelonesa sigue buscando a los jóvenes que bajo la M y la S están tratando de marcar un terreno al que apenas han llegado, y que aún desconocen.

Las bandas

  • Latin Kings: De origen estadounidense. Se saludan mostrando tres dedos en forma de corona. Visten de negro con ribetes dorados. En España la integran hijos de inmigrantes ecuatorianos. Se reúnen en el parque de la Pegaso.
  • Las Ñetas: De origen puertorriqueño, en España la integran hijos de inmigrantes ecuatorianos. Su comportamiento es violento. En Barcelona se dan cita en el parque de la Sedeta.
  • Rancutas: Es la tercera banda juvenil formada por hijos de inmigrantes. Su presencia es hasta el momento menor. Es considerada una filial de Las Ñetas.
  • La MS: De origen salvadoreño, no se ha identificado aún a sus miembros, pero han aparecido pintas a lo largo de la ciudad.
 

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